Lazarus, the Dizziness of Coming Out into the Open

He did not come to spare us, to shield us from difficulty, or to substitute himself for our own discoveries. He came to give us a method — a criterion — for facing everything.
— Simone Riva

Simone Riva - Christ spares us nothing: he allowed Lazarus’s death to help Mary and Martha challenge what they already knew — even the very foundations of their faith.

It was one of the homes Jesus visited frequently. A welcoming place — good food, care for the smallest detail, conversations that went somewhere. From Bethany, Jerusalem was close without being oppressive.

Arriving at the home of Martha, Mary, and Lazarus, you were drawn into the cool shade of the garden, where they often ate together. It was in those hours after lunch, with the afternoon breeze settling over everything, that the most alive conversations happened. Jesus was drawn into the sisters’ questions; Lazarus listened with total attention.

He had just as many questions, but he was shy and kept them inside. Martha and Mary made a habit of speaking for their brother’s heart — and Lazarus was always watching their faces to see if they got it right.

What is striking, in all these encounters, is that Christ never once tried to prepare them for what was coming: Lazarus’s illness and death. The way Jesus is a friend still holds something back, still leaves room for discovery. He does not occupy the whole stage. He lets each person walk their own path.

That is what makes the two sisters’ reaction, when their brother dies, so revealing:

“Martha said to Jesus, ‘Lord, if you had been here, my brother would not have died! But even now I know that whatever you ask of God, God will grant you.’ Jesus said to her, ‘Your brother will rise again.’ Martha replied, ‘I know he will rise again in the resurrection on the last day’” (Jn 11:21–24).

Two moves — the if (“if you had been here”) and the I know (“I know he will rise again on the last day”) — place themselves directly in front of Christ. All the friendship between them, all the history they shared, was not enough to keep the skepticism or the certainty at bay.

The Lord’s four-day delay before going to Bethany suggests he wanted every possible objection to surface in the face of Lazarus’s death. What else would they have gained? What would they have learned — something no theory could have taught them — about how anyone faces death? What path would be available to us, two thousand years later, if they had not had the freedom that day to speak all their reservations aloud?

Christ’s Presence is, simultaneously, the embrace of everything human in Martha and Mary, and the only power capable of raising the dead. Yet this particular resurrection — Lazarus’s — is not the definitive one.

That belongs to the third day after the cross. Their friend Lazarus will die a second time. It seems clear, then, that the decision to raise him carries more the character of a sign, a provocation, a confirmation of that “I am the resurrection and the life” which, deep down, despite every objection, Martha and Mary had already lived. Otherwise, they would not have turned to him in the first place.

This method of Jesus is not easy to understand, let alone embrace, because it dismantles the logic of the world — a logic the crowd gives precise voice to, murmuring before Lazarus’s tomb: “Could not he who opened the eyes of the blind man have kept this man from dying?” (Jn 11:37).

Of course he could have kept him from dying. But he did not come to spare us, to shield us from difficulty, or to substitute himself for our own discoveries. He came to give us a method — a criterion — for facing everything.

Don Giussani puts it with precision: the Christian Event makes itself present through an encounter with a human diversity, a different human reality, which strikes and attracts us because — subtly, confusedly, or clearly — it corresponds to a constitutive longing of our being, to the original needs of the human heart.

This is a dizzying position — and it is only for those still alive enough to be dizzied by it. It cannot be sustained by those who have already adapted, who accept whatever story is handed to them. But there are still some who are awake. It is time for them to come out into the open.

  • Lázaro, el vértigo de salir a la luz

    Simone Riva

    Cristo no nos ahorra nada: permitió que la muerte de Lázaro ayudara a María y Marta a desafiar lo ya conocido, incluso lo relativo a su fe

    Era una de las casas a las que Jesús acudía con frecuencia. Se estaba bien allí: buena comida, cuidada hasta el más mínimo detalle, conversaciones intensas, sin perder el tiempo en trivialidades. Desde Betania, además, se podía llegar rápidamente a Jerusalén, sin sufrir, sin embargo, su confusión. Al llegar a la casa de Marta, María y Lázaro, uno era acogido por la generosa sombra de las plantas del jardín, donde a menudo tomaban las comidas. Era precisamente en esas ocasiones, en las horas inmediatamente posteriores al almuerzo, al compás de una brisa muy agradable, cuando tenían lugar los diálogos más intensos. Jesús se veía abrumado por las preguntas de las hermanas, mientras Lázaro escuchaba con extrema atención. Él también tenía muchas preguntas, pero era tímido y prefería guardárselas para sí mismo. Marta y María se encargaban de dar voz al corazón de su hermano, cuya mirada buscaban continuamente.

    En todos estos encuentros, sin embargo, sorprende el hecho de que Cristo nunca quisiera prepararlos para lo que iba a suceder en breve: la enfermedad y la muerte de Lázaro. Es una forma de ser amigo, la de Jesús, que deja aún cosas por verificar. No acapara toda la escena, sino que permite a cada uno seguir su propio camino.

    Esto pone de manifiesto la postura de las dos hermanas ante la muerte de su hermano: «Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto! [frase que encontraremos idéntica también en boca de María] Pero incluso ahora sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”» (Jn 11, 21-24).

    Las dos objeciones, la del «si» («si hubieras estado aquí») y la del «sé» («sé que resucitará en la resurrección del último día») hacen su aparición ante Cristo. Toda la amistad y la preferencia de Jesús no han impedido el escepticismo del «si» y el ya sabido del «sé».

    Es más, el hecho de que el Señor se demorara cuatro días antes de ir a Betania nos hace intuir que deseaba que surgieran todas las objeciones posibles ante la muerte de Lázaro. ¿Qué oportunidad habría sido para ellos de otro modo? ¿Qué habrían aprendido de nuevo respecto a la forma en que todos se enfrentaban a la muerte? ¿Qué camino podríamos haber recorrido nosotros, dos mil años después, si aquel día no hubieran tenido la libertad de expresar todas sus reservas?

    La presencia de Cristo se erige como un abrazo a todo lo humano de Marta y María y como el único capaz de resucitar de entre los muertos. La de Lázaro, sin embargo, no es una resurrección definitiva, como la que inaugurará Jesús al tercer día tras su muerte en la cruz.

     El amigo Lázaro morirá una segunda vez. Parece claro, pues, que la decisión de despertarlo de entre los muertos tiene más las connotaciones de un signo, de una provocación, de una confirmación de ese «Yo soy la resurrección y la vida» que, en el fondo, a pesar de todas sus objeciones, Marta y María ya habían experimentado; de lo contrario, no se habrían dirigido a él.

    Este método de Jesús no es fácil de comprender y de asimilar, porque da un vuelco a la lógica mundana, bien descrita por el murmullo de la multitud cuando Cristo rompe a llorar ante el sepulcro de Lázaro: «Él, que abrió los ojos al ciego, ¿no podía también hacer que este no muriera?» (Jn 11, 37).

    Claro que podría haber hecho que no muriera, pero no lo hizo, porque no vino a ahorrarnos la vida, a evitarnos los desafíos, a sustituirse a nuestros descubrimientos personales, sino a permitirnos usar un método, a entregarnos un criterio, para afrontar todo.

    Don Giussani lo describe bien: «La forma en que el acontecimiento cristiano se hace presente es el encuentro con una diversidad humana, con una realidad humana diferente, que nos impacta y nos atrae porque —de manera subyacente, confusa o clara— corresponde a una espera constitutiva de nuestro ser, a las exigencias originales del corazón humano» (Luigi Giussani, Qualcosa che viene prima, Tracce, noviembre de 2008).

    Se trata de una posición vertiginosa para hombres audaces, que no es sostenible para quienes se adaptan y se conforman con cualquier narrativa que se les presente. Pero aún hay alguien vivo. ¡Es hora de que «salga a la luz»!

  • Lazzaro, la vertigine di uscire allo scoperto

    Simone Riva

    Cristo non ci risparmia nulla: ha permesso che la morte di Lazzaro aiutasse Maria e Marta a sfidare il già saputo, anche quello della loro fede

    Era una delle case in cui Gesù andava frequentemente. Si stava bene, buon cibo, curato nei minimi particolari, dialoghi intensi, senza perdere tempo sulle cose da nulla. Da Betania, poi, si poteva raggiungere rapidamente Gerusalemme, senza patirne però la confusione. Quando si arrivava alla casa di Marta, Maria e Lazzaro, si veniva abbracciati dalla generosa ombra delle piante in giardino, dove spesso consumavano i pasti. Era proprio in quelle occasioni, nelle ore subito dopo pranzo, raggiunti da una gradevolissima brezza, che avvenivano i dialoghi più serrati. Gesù era travolto dalle domande delle sorelle, mentre Lazzaro ascoltava con estrema attenzione. Anche lui aveva molti interrogativi, ma era timido e preferiva tenersi tutto dentro. Ci pensavano Marta e Maria a dar voce al cuore del fratello, il cui sguardo cercavano in continuazione.

    In tutti questi incontri, però, sorprende il fatto che Cristo non abbia mai voluto prepararli a ciò che sarebbe accaduto di lì a poco: la malattia e la morte di Lazzaro. È un modo di essere amico, quello di Gesù, che lascia ancora delle cose da verificare. Non occupa tutta la scena, ma permette a ciascuno di fare il proprio percorso.

    Questo fa emergere la posizione delle due sorelle davanti alla morte del fratello: “Marta disse a Gesù: ‘Signore, se tu fossi stato qui, mio fratello non sarebbe morto! [frase che troveremo identica anche sulle labbra di Maria] Ma anche ora so che qualunque cosa tu chiederai a Dio, Dio te la concederà’. Gesù le disse: ‘Tuo fratello risorgerà’. Gli rispose Marta: ‘So che risorgerà nella risurrezione dell’ultimo giorno’” (Gv 11, 21-24).

    Le due obiezioni, quella del “se” (“se tu fossi stato qui”) e quella del “so” (“so che risorgerà nella risurrezione dell’ultimo giorno”) fanno la loro comparsa davanti a Cristo. Tutta l’amicizia e la preferenza di Gesù non hanno impedito lo scetticismo del “se” e il già saputo del “so”.

    Anzi, l’attardarsi del Signore per quattro giorni prima di andare a Betania, ci fa intuire che desiderasse l’emergere di tutte le obiezioni possibili davanti alla morte di Lazzaro. Che occasione sarebbe stata altrimenti per loro? Cos’avrebbero imparato di nuovo rispetto al modo con cui tutti stavano davanti alla morte? Che percorso avremmo potuto fare noi, duemila anni dopo, se quel giorno non avessero avuto la libertà di uscire con tutte le loro riserve?

    La presenza di Cristo si pone come un abbraccio a tutto l’umano di Marta e Maria e come l’unico capace di ridestare dalla morte. Quella di Lazzaro, tuttavia, non è una risurrezione definitiva, come quella che inaugurerà Gesù il terzo giorno dopo la sua morte in croce. L’amico Lazzaro morirà una seconda volta. Appare chiaro, dunque, che la decisione di ridestarlo dalla morte ha più i connotati di un segno, di una provocazione, di una conferma a quel “Io sono la risurrezione e la vita” che, in fondo, pur con tutte le loro obiezioni, Marta e Maria avevano già sperimentato, altrimenti non si sarebbero rivolte a lui.

    Questo metodo di Gesù non è immediato da comprendere e da custodire, perché ribalta la logica mondana, ben descritta dal mormorare della folla quando Cristo scoppia in pianto davanti al sepolcro di Lazzaro: “Lui, che ha aperto gli occhi al cieco, non poteva anche far sì che costui non morisse?” (Gv 11, 37).

    Certo che avrebbe potuto far sì che non morisse, ma non l’ha fatto, perché non è venuto a risparmiarci la vita, a evitarci le sfide, a sostituirsi alle nostre scoperte personali, ma a consentirci di usare un metodo, a consegnarci un criterio, per affrontare tutto.

    Lo descrive bene don Giussani: “La modalità con cui l’avvenimento cristiano diventa presente è l’imbattersi in una diversità umana, in una realtà umana diversa, che ci colpisce e ci attrae perché – sotterraneamente, confusamente, oppure chiaramente – corrisponde a un’attesa costitutiva del nostro essere, alle esigenze originali del cuore umano” (Luigi Giussani, Qualcosa che viene prima, Tracce, novembre 2008).

    Si tratta di una posizione vertiginosa per uomini audaci, che non è sostenibile da coloro che si adattano e si fanno andar bene qualsiasi narrativa venga loro propinata. Ma qualcuno vivo c’è ancora. È il caso che “venga fuori”!

  • Lazare, le vertige de sortir de l'ombre

    Simone Riva

    Le Christ ne nous épargne rien : il a permis que la mort de Lazare aide Marie et Marthe à remettre en question ce qu'elles savaient déjà, y compris leur foi

    C'était l'une des maisons où Jésus se rendait souvent. On s'y sentait bien : bonne cuisine, soignée dans les moindres détails, conversations intenses, sans perdre de temps en futilités. De Béthanie, on pouvait ensuite rejoindre rapidement Jérusalem, sans pour autant en subir l’agitation. Quand on arrivait chez Marthe, Marie et Lazare, on était accueilli par l’ombre généreuse des plantes du jardin, où l’on prenait souvent les repas. C’était précisément à ces occasions, dans les heures qui suivaient le déjeuner, bercés par une brise très agréable, que se déroulaient les conversations les plus animées. Jésus était submergé par les questions des sœurs, tandis que Lazare écoutait avec une extrême attention. Lui aussi avait de nombreuses interrogations, mais il était timide et préférait tout garder pour lui. C’étaient Marthe et Marie qui se chargeaient de donner voix au cœur de leur frère, dont elles cherchaient sans cesse le regard.

    Dans toutes ces rencontres, cependant, il est surprenant que le Christ n’ait jamais voulu les préparer à ce qui allait se passer peu après : la maladie et la mort de Lazare. C’est une manière d’être ami, celle de Jésus, qui laisse encore des choses à vérifier. Il n’occupe pas toute la scène, mais permet à chacun de suivre son propre chemin.

    Cela met en évidence la position des deux sœurs face à la mort de leur frère : « Marthe dit à Jésus : “Seigneur, si tu avais été ici, mon frère ne serait pas mort ! [phrase que l’on retrouvera telle quelle sur les lèvres de Marie] Mais même maintenant, je sais que tout ce que tu demanderas à Dieu, Dieu te l’accordera”. Jésus lui dit : « Ton frère ressuscitera. » Marthe lui répondit : « Je sais qu’il ressuscitera lors de la résurrection du dernier jour » (Jn 11, 21-24).

    Les deux objections, celle du « si » (« si tu avais été là ») et celle du « je sais » (« je sais qu’il ressuscitera lors de la résurrection du dernier jour ») font leur apparition devant le Christ. Toute l’amitié et la préférence de Jésus n’ont pas empêché le scepticisme du « si » et le « je sais » déjà connu.

    Au contraire, le fait que le Seigneur ait attendu quatre jours avant de se rendre à Béthanie nous laisse deviner qu’il souhaitait que toutes les objections possibles surgissent face à la mort de Lazare. Quelle occasion cela aurait-il été sinon pour eux ? Qu’auraient-elles appris de nouveau par rapport à la manière dont chacun se tenait face à la mort ? Quel chemin aurions-nous pu parcourir, deux mille ans plus tard, si ce jour-là elles n’avaient pas eu la liberté d’exprimer toutes leurs réserves ?

    La présence du Christ se présente comme une étreinte de toute l’humanité de Marthe et Marie et comme la seule capable de les réveiller de la mort. Celle de Lazare, cependant, n’est pas une résurrection définitive, comme celle que Jésus inaugurera le troisième jour après sa mort sur la croix.

     L’ami Lazare mourra une seconde fois. Il apparaît donc clairement que la décision de le ressusciter de la mort revêt davantage les traits d’un signe, d’une provocation, d’une confirmation de ce « Je suis la résurrection et la vie » que, au fond, malgré toutes leurs objections, Marthe et Marie avaient déjà expérimenté, sinon elles ne se seraient pas tournées vers lui.

    Cette méthode de Jésus n’est pas facile à comprendre ni à mettre en pratique, car elle bouleverse la logique du monde, bien décrite par le murmure de la foule lorsque le Christ fond en larmes devant le tombeau de Lazare : « Lui qui a ouvert les yeux de l’aveugle, n’aurait-il pas pu aussi faire en sorte que celui-ci ne meure pas ? » (Jn 11, 37).

    Bien sûr qu’il aurait pu faire en sorte qu’il ne meure pas, mais il ne l’a pas fait, car il n’est pas venu pour nous épargner la vie, pour nous éviter les défis, pour se substituer à nos découvertes personnelles, mais pour nous permettre d’utiliser une méthode, pour nous donner un critère, afin d’affronter tout cela.

    Don Giussani le décrit bien : « La manière dont l’événement chrétien se fait présent, c’est de se heurter à une diversité humaine, à une réalité humaine différente, qui nous frappe et nous attire parce que – de manière souterraine, confuse, ou bien claire – elle correspond à une attente constitutive de notre être, aux exigences originelles du cœur humain » (Luigi Giussani, Qualcosa che viene prima, Tracce, novembre 2008).

    Il s’agit d’une position vertigineuse pour des hommes audacieux, qui n’est pas tenable pour ceux qui s’adaptent et se contentent de n’importe quel récit qu’on leur sert. Mais il y a encore quelqu’un de vivant. Il faut qu’il « sorte » !

(*) This article has been translated from its original source "ilsussidiario.net" solely for educational and informational purposes, intending to facilitate understanding and foster knowledge sharing. Please note that the translator or distributor makes no claims of authorship or intellectual property ownership of this version. All intellectual property rights, including copyright, remain with the original authors and publishers. The original rights holders strictly prohibit any reproduction, redistribution, or adaptation of this material for purposes beyond its intended educational use. This article respects and honors the integrity of the original work and its authorship, ensuring it is neither misrepresented nor plagiarized.

Simone Riva

Don Simone Riva, born in 1982, is an Italian Catholic priest ordained in 2008. He serves as parochial vicar in Monza and teaches religion. Influenced by experiences in Peru, Riva authors books, maintains an active social media presence, and participates in religious discussions. He's known for engaging youth and connecting faith with contemporary

Next
Next

The Charismatic Dimension of Christian Experience