Satisfying the Infinite Thirst
“What you desire cannot be bought with money; it cannot be obtained by any human effort. It can only be given by the One who has created this thirst!”
Julián Carrón - What does God see in human beings that allows Him to address them the way we just heard from the prophet Isaiah? “All you who are thirsty.” He does not see only the outward appearance we so often fix our attention on. He sees the depth of our nature, and that depth is defined as “thirst.”
Both the Old and the New Testament often identify human nature with two words so familiar to everyone’s experience: thirst and hunger.
And God, through the prophet, addresses everyone who recognizes this thirst within, so that they may understand that there is One who grasps the full drama of life: “Come to the water, all you who have no money; come, buy and eat; come, buy [...] without paying.” What you desire cannot be bought with money; it cannot be obtained by any human effort. It can only be given by the One who created this thirst!
So all our attempts to reach fulfillment through our own strategies—piling things up, trying to fill what has no bottom—come to nothing. And He knows it. That is why He asks us: “Why do you spend money on what is not bread, your earnings on what does not satisfy?” Why do we waste our time on things that fall short of our nature, our hunger, and our thirst? “Come, listen to Me, and you will eat what is good and enjoy delicious food.”
That is how we see the passion God has for each of us. And it is what we find in the Gospel—no longer through the voice of a prophet, but through the voice of the Son. The moment Jesus stepped out of the boat and looked at the crowd, He “felt compassion for them and healed their sick.”
Christ felt within Himself all that passion, all that compassion for the fate of those who were there—they, too, hungry for something that could truly satisfy their need.
And so He performed the act we all know, answering their hunger before He took His leave: “Everyone ate their fill, and they carried away the leftover pieces—twelve baskets full.”
But we know that if Jesus had stopped there, He would not be credible. He cannot answer the hunger and the thirst—the true need of every one of us—simply by handing out this bread. That is why, in the Gospel of John, He raises the stakes. When the people recognized what He had done and wanted to make Him king, He told them: “Behold, man does not live by bread alone. The bread I gave you is a sign of something else: unless you eat the flesh of the Son of Man and drink His blood, you will have no life! That hunger and that thirst cannot be adequately satisfied unless you accept Me as the food and the water that can fully satisfy life.”
And when Christ’s passion for them reached this level—without which it would not be credible—they all abandoned Him. All of them, except the Twelve. And He did not spare even the Twelve the question: “Do you also want to leave?”
Only someone who understands what is really at stake—the true nature of this hunger and this thirst—can grasp the answer the disciples found: “Where shall we go?”
Paul bears witness to the same thing. Here was a persecutor who had tried to satisfy his hunger and thirst through his own moral integrity, as a good Pharisee. What must he have gone through to be able to say, “Who will separate me from the love of Christ?” As if to say: nothing can separate me from the One who has taken hold of me and truly satisfied me; nothing can ever again confuse me about what really satisfies life. “Perhaps tribulation, distress, persecution, hunger, nakedness [...]. But in all these things we are more than conquerors, thanks to the One who has loved us.”
But who actually lives, out of their own experience, with the awareness that there is this Presence capable of satisfying? We see it in the kind of conviction we have, in the kind of certainty we reach. “For I am convinced that neither death nor life, neither angels nor principalities, neither the present nor the future, [...] nor any creature will ever be able to separate us from the love of God, which is in Christ Jesus.”
That is why only those who have a real experience of this, only those who discover this fullness within themselves, will be able to see that it would be foolish to tear themselves away from it, and unreasonable not to embrace it. But to be convinced, each of us has to be able to recognize it again and again in our own experience, as a real fact, as evidence. For “Christianity, being a present Reality [as for Saint Paul], has as its instrument of knowledge the evidence of an experience.”
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Saciando la sed infinita
Julián Carrón
¿Qué ve Dios en el hombre para poder dirigirse así a él, tal y como hemos oído del profeta Isaías? «Oh, todos vosotros los sedientos». Él no ve solo la apariencia en la que tantas veces nos quedamos. Él ve la profundidad de esa naturaleza nuestra que se define como «sed». No es raro que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se identifique la naturaleza del hombre con estas dos palabras tan cercanas a la experiencia de todos: la sed y el hambre.
Y Dios, a través del profeta, se dirige a todos aquellos que reconocen en sí mismos esta sed, para que puedan comprender que hay Alguien que capta toda la intensidad de la vida: «Venid al agua, vosotros que no tenéis dinero, venid; comprad y comed; venid, comprad [...] sin pagar». Porque lo que deseáis no se compra con dinero, no se compra con ningún esfuerzo humano. ¡Solo puede ser donado por Aquel que ha generado esta sed!
Y por eso, todos nuestros intentos de alcanzar la plenitud con nuestras estrategias humanas, acumulando o tratando de llenar lo que no tiene fondo, son inútiles. Y Él lo sabe. Por eso nos pregunta: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, vuestras ganancias en lo que no sacia?». ¿Por qué los hombres perdemos el tiempo en cosas que no están a la altura de nuestra naturaleza, de nuestro hambre y de nuestra sed? «Vamos, escuchadme y comeréis cosas buenas y saborearéis manjares suculentos».
Así es como vemos la pasión que Dios siente por cada uno. Que es lo que encontramos en el Evangelio: ahora ya no a través de la voz de un profeta, sino a través de la voz del Hijo. Nada más bajar de la barca, Jesús, al ver a la multitud, «se compadeció de ellos y curó a sus enfermos».
Así, Cristo sentía en su interior toda la pasión, toda la compasión por el destino de aquellos que estaban allí, también ellos hambrientos de algo que pudiera estar a la altura de su necesidad.
Y entonces realiza el gesto que todos conocemos y responde a ese hambre antes de despedirse de ellos: «Todos comieron hasta saciarse, y se llevaron los restos: doce cestas llenas».
Pero sabemos que, si Jesús se quedara solo en este nivel de la partida, no sería creíble. Porque no puede responder al hambre y a la sed, a la verdadera necesidad de cada uno de nosotros, solo dando este pan. Por eso, en el Evangelio de Juan, eleva el listón: cuando la gente ha reconocido lo que ha hecho y quiere proclamarlo rey, Él les dice: «Mirad que el hombre no vive solo de pan. El pan que os he dado es señal de otra cosa: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, ¡no tendréis vida! Esa hambre y esa sed no podrán tener una respuesta adecuada si no me aceptáis a mí como alimento y como agua que pueden saciar plenamente la vida».
Y aquí, cuando la pasión de Cristo por ellos alcanza este nivel —sin el cual no sería creíble—, todos lo abandonan. Todos, excepto los doce. Pero ni siquiera a ellos les ahorra la pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?». Y solo si uno comprende la cuestión, la verdadera naturaleza de este hambre y esta sed, podrá entender qué encontraron los discípulos para responder: «¿A dónde iremos?».
Es lo que también documenta Pablo: el perseguidor, que quería saciar el hambre y la sed con su coherencia moral, como buen fariseo, ¿qué experiencia debió de haber vivido para poder decir: «¿Quién me separará del amor de Cristo?»
? Es como decir: de aquello que me ha cautivado y que verdaderamente me ha saciado, nada podrá separarme; nada podrá volver a confundirme sobre lo que sacia la vida. «Quizá la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez […]. Pero, en todas estas cosas, somos más que vencedores, gracias a Aquel que nos ha amado».
Pero, ¿quién, en virtud de su experiencia, vive con la conciencia de que existe esta Presencia capaz de saciar? Lo vemos en el tipo de convicción que tenemos, en el tipo de certeza a la que llegamos. «Estoy convencido, en efecto, de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni el presente ni el futuro, [...] ni ninguna criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, que está en Cristo Jesús».
Por eso, solo quien tiene una experiencia real de esto, solo quien descubre en sí mismo esta plenitud, podrá comprender que sería una locura apartarse de ella, que sería irracional no dejarse llevar por ella. Pero, para estar convencido, es necesario que cada uno pueda reconocerlo constantemente en su experiencia como un hecho real, como una evidencia. Porque «el cristianismo, al ser una Realidad presente [como para san Pablo], tiene como instrumento de conocimiento la evidencia de una experiencia».
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Año A
Apuntes de la homilía de don Julián Carrón
2 de agosto de 2026
(Primera lectura: Is 55,1-3; Salmo 144 (145); Segunda lectura: Rom 8,35.37-39; Evangelio: Mt 14,13-21)
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Assouvir la soif infinie
Julián Carrón
Que voit Dieu en l’homme pour pouvoir s’adresser ainsi à lui, comme nous l’avons entendu de la bouche du prophète Isaïe ? « Ô vous tous qui avez soif ». Il ne voit pas seulement l’apparence sur laquelle nous nous arrêtons si souvent. Il voit la profondeur de notre nature qui se définit par la « soif ». Il n’est pas rare que, tant dans l’Ancien que dans le Nouveau Testament, on identifie la nature de l’homme à ces deux mots si proches de l’expérience de chacun : la soif et la faim.
Et Dieu, par la voix du prophète, s’adresse à tous ceux qui reconnaissent en eux cette soif, afin qu’ils puissent comprendre qu’il y a Quelqu’un qui saisit toute la dramatique de la vie : « Venez à l’eau, vous qui n’avez pas d’argent, venez ; achetez et mangez ; venez, achetez […] sans payer ». Car ce que vous désirez ne s’achète pas avec de l’argent, ni par aucune tentative humaine. Seul Celui qui a suscité cette soif peut vous l’offrir !
Ainsi, toutes nos tentatives pour atteindre la plénitude par nos stratégies humaines, en accumulant ou en essayant de combler ce qui est sans fond, sont vaines. Et Lui le sait. C’est pourquoi Il nous demande : « Pourquoi dépensez-vous votre argent pour ce qui n’est pas du pain, votre gain pour ce qui ne rassasie pas ? ». Pourquoi nous, les hommes, perdons-nous notre temps dans des choses qui ne sont pas à la hauteur de notre nature, de notre faim et de notre soif ? « Allez, écoutez-moi, et vous mangerez des choses bonnes et vous dégusterez des mets succulents ».
C’est ainsi que nous voyons la passion que Dieu a pour chacun. C’est ce que nous retrouvons dans l’Évangile : désormais non plus par la voix d’un prophète, mais par la voix du Fils. À peine descendu de la barque, Jésus, en regardant la foule, « fut pris de compassion pour eux et guérit leurs malades ».
Ainsi, le Christ ressentait en lui toute la passion, toute la compassion pour le sort de ceux qui étaient là, eux aussi affamés de quelque chose qui puisse être à la hauteur de leur besoin.
Et alors, il accomplit le geste que nous connaissons tous et répond à cette faim avant de les saluer : « Tous mangèrent à leur faim, et l’on emporta les morceaux restants : douze paniers pleins. »
Mais nous savons que, si Jésus s’en tenait uniquement à ce niveau, il ne serait pas crédible. Car il ne peut répondre à la faim et à la soif, au véritable besoin de chacun d’entre nous, en ne donnant que ce pain. C’est pourquoi, dans l’Évangile de Jean, il place la barre plus haut : lorsque les gens ont reconnu ce qu’il a fait et veulent le faire roi, il leur dit : « Sachez que l’homme ne vit pas seulement de pain. Le pain que je vous ai donné est le signe d’autre chose : si vous ne mangez pas la chair du Fils de l’homme et ne buvez pas son sang, vous n’aurez pas la vie ! Cette faim et cette soif ne pourront trouver de réponse adéquate que si vous m’acceptez comme nourriture et comme eau, capables de satisfaire pleinement la vie ».
Et là, lorsque la passion du Christ pour eux atteint ce niveau, sans lequel elle ne serait pas crédible, tous l’abandonnent. Tous, sauf les douze. Mais il ne leur épargne pas non plus la question : « Voulez-vous partir, vous aussi ? ». Et ce n’est que si l’on comprend la question, la véritable nature de cette faim et de cette soif, que l’on pourra comprendre ce que les disciples ont trouvé pour répondre : « Où irions-nous ? ».
C’est ce que Paul atteste lui aussi : lui, le persécuteur, qui voulait répondre à la faim et à la soif par sa cohérence morale, en bon pharisien, quelle expérience a-t-il dû vivre pour pouvoir dire : « Qui me séparera de l’amour du Christ ? »
? C’est comme s’il disait : rien ne pourra me détacher de ce qui m’a saisi et qui m’a véritablement rassasié ; rien ne pourra plus me troubler quant à ce qui rassasie la vie. « Peut-être la tribulation, l’angoisse, la persécution, la faim, la nudité […]. Mais, dans toutes ces choses, nous sommes plus que vainqueurs, grâce à Celui qui nous a aimés ».
Mais qui, fort de son expérience, vit avec la conscience qu’il existe cette Présence capable de satisfaire ? Nous le voyons au type de conviction que nous avons, au type de certitude que nous atteignons. « Je suis en effet persuadé que ni la mort ni la vie, ni les anges ni les principautés, ni le présent ni l’avenir, [...] ni aucune créature ne pourra jamais nous séparer de l’amour de Dieu, qui est en Jésus-Christ ».
C’est pourquoi seul celui qui en fait l’expérience réelle, seul celui qui découvre en lui-même cette plénitude, pourra comprendre qu’il serait insensé de s’en détacher, qu’il serait déraisonnable de ne pas s’y abandonner. Mais, pour en être convaincu, il faut que chacun puisse constamment le reconnaître dans son expérience comme un fait réel, comme une évidence. Car « le christianisme, étant une Réalité présente [comme pour saint Paul], a pour instrument de connaissance l’évidence d’une expérience ».
XVIIIe dimanche du temps ordinaire – Année A
Notes tirées de l’homélie de don Julián Carrón
2 août 2026
(Première lecture : Is 55,1-3 ; Psaume 144 (145) ; Deuxième lecture : Rm 8,35.37-39 ; Évangile : Mt 14,13-21)