The Event of a Presence
Julián Carrón - Notes from the homily by Julián Carrón January 25, 2026
“Christianity is a present Reality, an Event we encounter that moves life through the evidence of experience.”
The Gospel of Matthew introduces Jesus by anchoring Him to a specific, dramatic moment: the arrest of John the Baptist. Leaving behind the familiar life of Nazareth, Jesus moves to Capernaum on the shores of the Sea of Galilee. By settling in the territory of Zebulun and Naphtali, Jesus fulfills Isaiah’s prophecy: "The people who walked in darkness have seen a great light; upon those who lived in the land of darkness, a light has shone."
Zebulun and Naphtali were lands defined by humiliation—the first to fall during the Assyrian invasion. Yet, it is precisely here, in a periphery "contaminated" by the presence of pagans rather than in the religious center of Jerusalem, that the light breaks through.
From this moment, Jesus begins to preach: "Repent, for the kingdom of heaven is near."
Too often, we reduce this to an abstract moral exhortation—a generic call to "be better" that feels distant from our actual lives. But to grasp the weight of this call, we must look at the context, at how Jesus actually makes the Kingdom "near." Matthew tells us: "Jesus went throughout Galilee... proclaiming the gospel of the kingdom and healing every disease and infirmity."
The Kingdom of God is not a zip code, a political platform, or a set of ethics. It is a new condition that bursts into history as a Presence. For the people of Galilee, the Kingdom wasn't an idea; it was the shock of encountering a Man who spoke with an unheard-of authority—not like the scribes—and who cared for them so deeply that He healed their every wound.
We can identify with those people walking in darkness. Suddenly, they were struck by an Event: a Man who surpassed all their expectations. This is the only context in which "conversion" makes sense. It wasn't a chore; it was a physical reaction. Encountering such a Presence left no one indifferent. It forced them to "turn their heads"—to look, to listen, to bring their sick, to see if the darkness of their lives could finally be illuminated. Their "conversion" was simply taking note of this Presence and finding Him relevant to the deepest needs of their lives. It was the wonder of exclaiming, "We have never seen anything like this!"
This same Correspondence explains the calling of the first disciples. As Simon, Andrew, James, and John were mending their nets, they were intercepted by Him. "Follow me," He said. What kind of attraction did He exert that they would drop everything—their nets, their boats, even their fathers—to follow Him? They didn't follow a doctrine; they followed the newness they saw happening right before their eyes.
Christianity is and always will be this Event—this "new thing" that strikes us and moves our lives, provided we don't let it slip away. As Fr. Giussani taught, "Christianity, being a present Reality, has as its instrument of knowledge the evidence of an experience." We do not need to go back to Galilee. St. Paul reminds the Corinthians—and us—that the testimony of Christ is established so firmly among us that "no gift of grace is lacking." This same Presence is here now. It is up to us to be attentive enough to recognize the charm of His face as He appears before our eyes today.
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«Cuando Jesús supo que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí».
El Evangelio según Mateo introduce a Jesús en escena, vinculándolo con el arresto de Juan Bautista. Dejando Nazaret, donde había vivido hasta ese momento, Jesús se traslada a
Cafarnaúm, a orillas del mar de Galilea. Dado que Cafarnaúm se encuentra en el territorio de Zabulón y Neftalí, el evangelista aprovecha la ocasión para presentar el comienzo del ministerio de Jesús como el cumplimiento de la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura.
«En el pasado, el Señor humilló la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero en el futuro glorificará el camino del mar, más allá del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en tierra
oscura resplandeció una luz».
La tierra de Zabulón y Neftalí había sido humillada porque fue la primera en sufrir la invasión asiria. Pero ahora, con el comienzo de la predicación de Jesús precisamente en ese lugar, la luz ha llegado al pueblo que caminaba en tinieblas, trayendo alegría y gozo. Dios no elige el centro del poder, Jerusalén, sino la periferia «contaminada» por los paganos.
Desde entonces, Jesús comienza a predicar: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca».
Esta frase puede reducirse a una invitación abstracta a la conversión, difícil de entender tanto para los hombres de su tiempo como para nosotros hoy. Para comprender el significado de su llamada a la conversión, es necesario observar el contexto: cómo Jesús muestra que «el reino de los cielos está cerca». Nada describe mejor este reino que lo que leemos inmediatamente
después: «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando toda clase de enfermedades y dolencias entre el pueblo».
El Reino de Dios no es, pues, un lugar geográfico, un sistema político o un discurso ético, sino una nueva condición que irrumpe en la historia con la presencia de Jesús. Para ellos, sentirse alcanzados por el anuncio del Reino significaba ir a la sinagoga y encontrarse con una nueva enseñanza, encontrarse con alguien que se preocupaba tanto por ellos que curaba todo tipo de enfermedades y dolencias. Podemos entonces identificarnos con los habitantes de Galilea que caminaban en la oscuridad y que, de repente, vieron a un hombre, Jesús, que los sorprendió con una nueva forma de enseñar, tanto que se quedaron asombrados porque hablaba «como quien tiene autoridad, no como los escribas». Su enseñanza estaba relacionada con otro hecho: «Jesús recorría toda Galilea […] curando toda clase de enfermedades y dolencias en el pueblo».
Así es como tenemos el contexto para comprender la llamada a la conversión. Esta presencia, que enseñaba «con autoridad y no como los escribas» y que pasaba «curando toda clase de enfermedades y dolencias», no dejaba indiferente a nadie. Encontrarse con una presencia así les impulsaba a convertirse, a volverse hacia él: les impulsaba a mirar, a escuchar, a ponerse en marcha para ir a verle hablar o para llevarle a los enfermos para que los sanara. Esta era la llamada a la conversión, nada abstracta: tomar conciencia de esta presencia, sentirla cercana, pertinente a las necesidades de la vida, a la enfermedad, al deseo de salir de esa tinieblas y de esa oscuridad para poder tener una luz que ilumine la vida. Hasta el punto de exclamar: «Nunca hemos visto nada igual».
En este contexto, se puede comprender la llamada de los primeros discípulos: «Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo: «Venid conmigo, os haré pescadores de hombres»». ¿Qué atractivo habrá ejercido sobre ellos esta presencia para empujarlos a querer participar en la novedad que veían suceder ante sus ojos?
«Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron». «Continuando su camino, vio a otros dos hermanos, Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano, que en la barca, junto con Zebedeo, su padre, remendaban las redes, y los llamó. Y ellos también dejaron inmediatamente la barca y a su padre y le siguieron».
El cristianismo es y siempre será este acontecimiento, esta novedad con la que nos topamos y que mueve la vida. Para quienes no quieren dejarla escapar. Porque «el cristianismo, al ser una realidad presente, tiene como instrumento de conocimiento la evidencia de una experiencia» (Giussani). Basta, pues, estar atentos para interceptarlo cuando se presenta ante nosotros, como hace san Pablo con los corintios: «El testimonio de Cristo —dice, no ante el lago de Galilea, sino a los corintios que vivían en Grecia— se ha establecido entre vosotros tan firmemente que ya no os falta ningún don de gracia» (1 Cor 1,6). Es lo que ocurre entre nosotros. Ya no nos falta ningún don de la gracia. Por eso cada uno puede sentir toda la llamada de este encanto, que aparece ante nuestros ojos.
III Domingo del Tiempo Ordinario - Año A Notas de la homilía de Julián Carrón25 de enero de 2026
(Primera lectura: Is 8,23b-9,3; Salmo 26 (27); Segunda lectura: 1Cor 1,10-13.17; Evangelio: Mt 4,12-23)
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«Quando Gesù seppe che Giovanni era stato arrestato, si ritirò in Galilea, lasciò Nazaret e andò ad abitare a Cafarnao, sulla riva del mare, nel territorio di Zàbulon e di Nèftali».
Il Vangelo secondo Matteo fa entrare in scena Gesù, legandolo all’arresto di Giovanni Battista. Lasciata Nazaret, dove aveva vissuto fino a quel momento, Gesù si trasferisce a
Cafarnao, sulla riva del mar di Galilea. Poiché Cafarnao si trova nel territorio di Zàbulon e di Nèftali, l’evangelista coglie l’occasione per presentare l’inizio del ministero di Gesù come il compimento della profezia di Isaia che abbiamo ascoltato nella prima lettura.
«In passato il Signore ha umiliato la terra di Zàbulon e la terra di Nèftali, ma in futuro renderà gloriosa la via del mare, oltre il Giordano, la Galilea delle genti. Il popolo che camminava nelle tenebre ha visto una grande luce; su coloro che abitavano in terra
tenebrosa una luce rifulse».
La terra di Zàbulon e di Nèftali era stata umiliata perché era stata la prima a subire l’invasione assira. Ma ora, con l’inizio della predicazione di Gesù proprio in quel luogo, la luce è giunta al popolo che camminava nelle tenebre, portando gioia e letizia. Dio non sceglie il centro del potere, Gerusalemme, ma la periferia “contaminata” dai pagani.
Da allora, Gesù comincia a predicare: «Convertitevi, perché il regno dei cieli è vicino».
Questa frase può essere ridotta a un invito astratto alla conversione, difficile da capire sia per gli uomini del suo tempo, sia per noi oggi. Per comprendere il significato della sua chiamata alla conversione, è necessario osservare il contesto: come Gesù mostra che «il regno dei cieli è vicino». Niente descrive meglio questo regno di quanto leggiamo subito
dopo: «Gesù percorreva tutta la Galilea, insegnando nelle sinagoghe, annunciando il Vangelo del Regno e guarendo ogni sorta di malattie e di infermità tra il popolo».
Il Regno di Dio non è dunque un luogo geografico, un sistema politico o un discorso etico, ma una nuova condizione che irrompe nella storia con la presenza di Gesù. Per loro, sentirsi raggiunti dall’annuncio del Regno significava andare in sinagoga e imbattersi in un insegnamento nuovo, trovarsi di fronte a qualcuno che si prendeva talmente cura di loro da guarire ogni tipo di malattia e infermità. Possiamo allora immedesimarci nelle genti di Galilea che camminavano nelle tenebre e che, all’improvviso, videro un uomo, Gesù, che le sorprese con un nuovo modo di insegnare, tanto che rimasero stupite perché lui parlava «come uno che ha autorità, non come gli scribi». Il suo insegnamento era legato a un altro fatto: «Gesù percorreva tutta la Galilea […] guarendo ogni sorta di malattie e di infermità nel popolo».
È così che abbiamo il contesto per comprendere la chiamata alla conversione. Questa presenza, che insegnava «con autorità e non come gli scribi» e che passava «guarendo ogni sorta di malattie e di infermità», non lasciava nessuno indifferente. Imbattersi in una presenza del genere li spingeva a convertirsi, a girare la testa verso di lui: li spingeva a guardare, ad ascoltare, a mettersi in moto per andare a vederlo parlare o per portargli gli ammalati così che li guarisse. Questa era la chiamata alla conversione, altro che astratto: prendere atto di questa presenza, sentirla vicina, pertinente alle esigenze della vita, alla malattia, al desiderio di uscire da quella tenebra e da quell’oscurità per poter avere una luce che illumini la vita! Fino al punto di esclamare: «Non abbiamo mai visto una cosa simile».
In questo contesto, si può comprendere la chiamata dei primi discepoli: «Mentre camminava lungo il mare della Galilea, vide due fratelli, Simone, chiamato Pietro, e Andrea suo fratello, che gettavano le reti in mare; erano infatti pescatori. E disse loro: “Venite dietro a me, vi farò pescatori di uomini”». Quale attrattiva avrà esercitato su di loro questa presenza da spingerli a voler prendere parte alla novità che vedevano accadere davanti ai loro occhi?
«Essi subito lasciarono le reti e lo seguirono». «Andando oltre, vide altri due fratelli, Giacomo, figlio di Zebedèo, e Giovanni suo fratello, che nella barca, insieme a Zebedèo loro padre, riparavano le reti, e li chiamò. E anche loro subito lasciarono la barca e il loro padre e lo seguirono».
Il cristianesimo è e sarà sempre questo avvenimento, questa novità in cui ci si imbatte e che muove la vita! Per chi non vuole lasciarsela sfuggire. Perché «il cristianesimo, essendo una Realtà presente, ha come strumento di conoscenza l’evidenza di un’esperienza» (Giussani). Basta dunque essere attenti per intercettarLo quando si presenta davanti a noi, come fa san Paolo con i Corinzi: «La testimonianza di Cristo – dice, non davanti al lago di Galilea, ma ai Corinzi che abitavano in Grecia – si è stabilita tra voi così saldamente che nessun dono di grazia più vi manca» (1Cor 1,6). È quello che succede tra noi. Nessun dono di grazia più ci manca. È per questo che ciascuno può sentire tutta la chiamata di questo fascino, che appare davanti ai nostri occhi.
III Domenica del Tempo Ordinario - Anno A Appunti dall’omelia di Julián Carrón25 gennaio 2026
(Prima lettura: Is 8,23b-9,3; Salmo 26 (27); Seconda lettura: 1Cor 1,10-13.17; Vangelo: Mt 4,12-23)
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« Quand Jésus apprit que Jean avait été arrêté, il se retira en Galilée, quitta Nazareth et alla habiter à Capharnaüm, au bord de la mer, dans le territoire de Zabulon et de Nephthali. »
L'Évangile selon Matthieu fait entrer Jésus en scène, en le liant à l'arrestation de Jean-Baptiste. Quittant Nazareth, où il avait vécu jusqu'alors, Jésus s'installe à
Cépharnaüm, au bord de la mer de Galilée. Comme Cépharnaüm se trouve dans le territoire de Zabulon et de Nephthali, l'évangéliste profite de l'occasion pour présenter le début du ministère de Jésus comme l'accomplissement de la prophétie d'Isaïe que nous avons entendue dans la première lecture.
« Autrefois, le Seigneur a humilié le pays de Zabulon et le pays de Nephthali, mais à l'avenir, il rendra glorieux le chemin de la mer, au-delà du Jourdain, la Galilée des nations. Le peuple qui marchait dans les ténèbres a vu une grande lumière ; sur ceux qui habitaient le pays
des ténèbres, une lumière a resplendi ».
La terre de Zabulon et de Nephtali avait été humiliée parce qu'elle avait été la première à subir l'invasion assyrienne. Mais maintenant, avec le début de la prédication de Jésus précisément en ce lieu, la lumière est venue au peuple qui marchait dans les ténèbres, apportant joie et allégresse. Dieu ne choisit pas le centre du pouvoir, Jérusalem, mais la périphérie « contaminée » par les païens.
À partir de ce moment, Jésus commence à prêcher : « Convertissez-vous, car le royaume des cieux est proche ».
Cette phrase peut être réduite à une invitation abstraite à la conversion, difficile à comprendre tant pour les hommes de son temps que pour nous aujourd'hui. Pour comprendre la signification de son appel à la conversion, il faut observer le contexte : comment Jésus montre que « le royaume des cieux est proche ». Rien ne décrit mieux ce royaume que ce que nous lisons immédiatement
après : « Jésus parcourait toute la Galilée, enseignant dans les synagogues, annonçant l'Évangile du Royaume et guérissant toutes sortes de maladies et d'infirmités parmi le peuple ».
Le Royaume de Dieu n'est donc pas un lieu géographique, un système politique ou un discours éthique, mais une nouvelle condition qui fait irruption dans l'histoire avec la présence de Jésus. Pour eux, se sentir touchés par l'annonce du Royaume signifiait aller à la synagogue et découvrir un nouvel enseignement, se trouver face à quelqu'un qui prenait tellement soin d'eux qu'il guérissait toutes sortes de maladies et d'infirmités. Nous pouvons alors nous identifier aux habitants de Galilée qui marchaient dans les ténèbres et qui, soudain, ont vu un homme, Jésus, qui les a surpris par une nouvelle façon d'enseigner, à tel point qu'ils ont été étonnés parce qu'il parlait « comme quelqu'un qui a autorité, et non pas comme les scribes ». Son enseignement était lié à un autre fait : « Jésus parcourait toute la Galilée […] guérissant toutes sortes de maladies et d'infirmités parmi le peuple ».
C'est ainsi que nous avons le contexte pour comprendre l'appel à la conversion. Cette présence, qui enseignait « avec autorité et non pas comme les scribes » et qui passait « en guérissant toutes sortes de maladies et d'infirmités », ne laissait personne indifférent. Rencontrer une telle présence les poussait à se convertir, à tourner leur tête vers lui : cela les poussait à regarder, à écouter, à se mettre en route pour aller l'entendre parler ou pour lui amener les malades afin qu'il les guérisse. C'était là un appel à la conversion, tout sauf abstrait : prendre acte de cette présence, la sentir proche, pertinente par rapport aux exigences de la vie, à la maladie, au désir de sortir de cette obscurité et de cette ténèbre pour pouvoir avoir une lumière qui illumine la vie ! Au point de s'exclamer : « Nous n'avons jamais rien vu de pareil ».
Dans ce contexte, on peut comprendre l'appel des premiers disciples : « Comme il marchait le long de la mer de Galilée, il vit deux frères, Simon, appelé Pierre, et André son frère, qui jetaient leurs filets dans la mer ; ils étaient en effet pêcheurs. Et il leur dit : « Venez à ma suite, je vous ferai pêcheurs d'hommes ». Quel attrait cette présence a-t-elle exercé sur eux pour les pousser à vouloir prendre part à la nouveauté qu'ils voyaient se produire sous leurs yeux ?
« Aussitôt, ils laissèrent leurs filets et le suivirent. » « En continuant son chemin, il vit deux autres frères, Jacques, fils de Zébédée, et Jean son frère, qui, dans la barque avec Zébédée leur père, réparaient leurs filets, et il les appela. Aussitôt, eux aussi laissèrent la barque et leur père et le suivirent. »
Le christianisme est et sera toujours cet événement, cette nouveauté que l'on rencontre et qui bouleverse la vie ! Pour ceux qui ne veulent pas la laisser passer. Car « le christianisme, étant une réalité présente, a pour instrument de connaissance l'évidence d'une expérience » (Giussani). Il suffit donc d'être attentif pour L'intercepter lorsqu'Il se présente devant nous, comme le fait saint Paul avec les Corinthiens : « Le témoignage du Christ – dit-il, non pas devant le lac de Galilée, mais aux Corinthiens qui habitaient en Grèce – s'est établi parmi vous si solidement qu'il ne vous manque plus aucun don de grâce » (1 Co 1, 6). C'est ce qui se passe entre nous. Aucun don de grâce ne nous manque. C'est pourquoi chacun peut ressentir pleinement l'appel de cette fascination qui apparaît devant nos yeux.
III Dimanche du Temps Ordinaire - Année A Notes tirées de l'homélie de Julián Carrón25 janvier 2026
(Première lecture : Is 8,23b-9,3 ; Psaume 26 (27) ; Deuxième lecture : 1 Co 1,10-13.17 ; Évangile : Mt 4,12-23)
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„Als Jesus hörte, dass Johannes verhaftet worden war, zog er sich nach Galiläa zurück, verließ Nazareth und ließ sich in Kafarnaum am Seeufer im Gebiet von Sebulon und Naphtali nieder.“
Das Matthäusevangelium bringt Jesus ins Spiel und verbindet ihn mit der Verhaftung Johannes des Täufers. Jesus verlässt Nazareth, wo er bis dahin gelebt hatte, und zieht nach
Kafarnaum am Ufer des Sees Genezareth. Da Kafarnaum im Gebiet von Sebulon und Naphtali liegt, nutzt der Evangelist die Gelegenheit, um den Beginn des Wirkens Jesu als Erfüllung der Prophezeiung Jesajas darzustellen, die wir in der ersten Lesung gehört haben.
„Früher hat der Herr das Land Sebulon und das Land Naphtali erniedrigt, aber in Zukunft wird er den Weg zum Meer, jenseits des Jordan, Galiläa der Heiden, verherrlichen. Das Volk, das in der Finsternis wandelte, hat ein großes Licht gesehen; über denen, die in finsterer Erde wohnten,
ist ein Licht aufgegangen.“
Das Land Sebulon und Naphtali war gedemütigt worden, weil es als erstes von den Assyrern erobert worden war. Aber nun, da Jesus gerade an diesem Ort zu predigen begann, kam das Licht zu dem Volk, das in der Finsternis wandelte, und brachte Freude und Frohlocken. Gott wählt nicht das Zentrum der Macht, Jerusalem, sondern die von den Heiden „befleckte“ Peripherie.
Von da an beginnt Jesus zu predigen: „Kehrt um, denn das Himmelreich ist nahe”.
Dieser Satz kann auf eine abstrakte Aufforderung zur Umkehr reduziert werden, die sowohl für die Menschen seiner Zeit als auch für uns heute schwer zu verstehen ist. Um die Bedeutung seines Aufrufs zur Bekehrung zu verstehen, muss man den Kontext betrachten: wie Jesus zeigt, dass „das Himmelreich nahe ist“. Nichts beschreibt dieses Reich besser als das, was wir unmittelbar
danach lesen: „Jesus wanderte durch ganz Galiläa, lehrte in den Synagogen, verkündete das Evangelium vom Reich und heilte alle Arten von Krankheiten und Gebrechen unter dem Volk.“
Das Reich Gottes ist also kein geografischer Ort, kein politisches System und keine ethische Abhandlung, sondern ein neuer Zustand, der mit der Gegenwart Jesu in die Geschichte einbricht. Für sie bedeutete es, von der Verkündigung des Reiches erreicht zu werden, in die Synagoge zu gehen und auf eine neue Lehre zu stoßen, jemandem zu begegnen, der sich so sehr um sie kümmerte, dass er alle Arten von Krankheiten und Gebrechen heilte. Wir können uns also in die Menschen Galiläas hineinversetzen, die in der Finsternis wandelten und plötzlich einen Mann sahen, Jesus, der sie mit einer neuen Art zu lehren überraschte, so dass sie erstaunt waren, weil er „wie einer, der Vollmacht hat, und nicht wie die Schriftgelehrten“ sprach. Seine Lehre war mit einer weiteren Tatsache verbunden: „Jesus wanderte durch ganz Galiläa […] und heilte alle Arten von Krankheiten und Gebrechen im Volk”.
So haben wir den Kontext, um den Ruf zur Bekehrung zu verstehen. Diese Präsenz, die „mit Vollmacht und nicht wie die Schriftgelehrten” lehrte und „alle Arten von Krankheiten und Gebrechen heilte”, ließ niemanden gleichgültig. Eine solche Präsenz zu begegnen, veranlasste sie, sich zu bekehren, ihren Blick auf ihn zu richten: Es veranlasste sie, zu schauen, zuzuhören, sich auf den Weg zu machen, um ihn sprechen zu hören oder um ihm die Kranken zu bringen, damit er sie heilen möge. Das war der Ruf zur Bekehrung, alles andere als abstrakt: diese Präsenz wahrzunehmen, sie als nah zu empfinden, relevant für die Bedürfnisse des Lebens, für die Krankheit, für den Wunsch, aus dieser Finsternis und Dunkelheit herauszukommen, um ein Licht zu haben, das das Leben erhellt! Bis zu dem Punkt, an dem sie ausriefen: „So etwas haben wir noch nie gesehen.“
In diesem Zusammenhang kann man den Ruf der ersten Jünger verstehen: „Als er am See von Galiläa entlangging, sah er zwei Brüder, Simon, genannt Petrus, und Andreas, seinen Bruder, die ihre Netze ins Meer warfen; sie waren nämlich Fischer. Und er sprach zu ihnen: Kommt hinter mir her, ich werde euch zu Menschenfischern machen.“ Welche Anziehungskraft muss diese Gegenwart auf sie ausgeübt haben, dass sie sich dazu entschlossen, an der Neuheit teilzuhaben, die sich vor ihren Augen abspielte?
„Sofort ließen sie ihre Netze liegen und folgten ihm.“ „Als er weiterging, sah er zwei andere Brüder, Jakobus, den Sohn des Zebedäus, und seinen Bruder Johannes, die zusammen mit ihrem Vater Zebedäus im Boot saßen und ihre Netze flickten, und er rief sie. Auch sie ließen sofort das Boot und ihren Vater zurück und folgten ihm.“
Das Christentum ist und bleibt dieses Ereignis, diese Neuheit, der man begegnet und die das Leben bewegt! Für diejenigen, die sich das nicht entgehen lassen wollen. Denn „das Christentum ist eine gegenwärtige Realität und hat als Erkenntnisinstrument die Evidenz einer Erfahrung“ (Giussani). Es genügt also, aufmerksam zu sein, um Ihn zu erkennen, wenn Er sich uns zeigt, wie es der heilige Paulus bei den Korinthern tut: „Das Zeugnis Christi“, sagt er, nicht am See Genezareth, sondern zu den Korinthern, die in Griechenland lebten, „hat sich unter euch so fest etabliert, dass euch keine Gnadengabe mehr fehlt“ (1 Kor 1,6). Das ist es, was unter uns geschieht. Es fehlt uns keine Gnadengabe mehr. Deshalb kann jeder den Ruf dieser Faszination spüren, die sich vor unseren Augen offenbart.
III Sonntag im Jahreskreis – Jahr A Notizen aus der Predigt von Julián Carrón25 Januar 2026
(Erste Lesung: Jes 8,23b-9,3; Psalm 26 (27); Zweite Lesung: 1Kor 1,10-13.17; Evangelium: Mt 4,12-23)