The Cunning Enemy of the Heart

Simone Riva - Always repeat the question to Destiny so that it may manifest itself, Don Giussani said. It is the "rule" for keeping a heart ready and open to an encounter.

"As he walked along the Sea of Galilee, he saw two brothers, Simon, called Peter, and Andrew his brother, casting their nets into the sea; for they were fishermen" (Mt 4:18). It is difficult to imagine a scene simpler and more familiar than the one described in Matthew's Gospel. It was a day like any other for those Jewish fishermen, busy as always with their boats, their nets, the patient waiting in the darkness and silence of the night, the return and the hard work of tidying up. It would seem to have been a day like any other for Jesus too, as he walked along the Sea of Galilee.

Yet from that day "like any other," nothing was the same in the lives of those fishermen. What happened? "He said to them, 'Come after me, and I will make you fishers of men.' And they immediately left their nets and followed him."

What did they understand about Christ's strange promise to become "fishers of men"? Perhaps nothing. In that encounter, however, it was not words that spoke, but a gaze. No one had ever looked at them like that before. The power of that gaze—its uniqueness and strength—has been described and depicted by many authors over the years. Recently, I came across a text that struck me deeply: "Feeling the love of Christ means perceiving that the figure of Christ corresponds, how can I put it, to what is most authentically cordial, most natural and original in the heart of one's own self. A young person may have made all kinds of mistakes, but he has always sought that authenticity, and in the gaze of Christ he recognizes it and allows himself to be invaded by it. Unless he is already corrupt, corrupted by a self-interested adherence to an ideology or a party, corrupted by the game of power" (Luigi Giussani, Un caffè in compagnia, Rizzoli, Milan 2004, p. 63).

There is a point of unconquerable expectation in the heart of man—of every man—that such a gaze may enter his life. A point of expectation that responds only to Him. When it happens, there is no need for explanations or analysis; it is an event.

Like the other day at school. As soon as the bell rang for the change of class, a girl came running out with a radiant smile, found me, and said, "Teacher, I've fallen in love!" She had the same spark that the apostles' friends, wives, and relatives must have seen in them when they returned from that day "like any other."

Yet power alone deceives us. The tactics it employs are formidable, often even exploiting our good intentions. It renders us unable to recognize ourselves, makes suspicion the rule in relationships, turns factions into the spoils of battles, transforms concepts into bullets fired at everything and everyone, and reduces events to mere obstacles. Not even the apostles were spared from confronting this cunning enemy—and not without some casualties.

How, then, can we preserve the wonder of the beginning? Don Giussani adds: "Repeat, always repeat the question to Destiny, that God may manifest himself. The continuous repetition of the question (a conscious repetition, of course) maintains youthfulness. Such a person discovers reality more and more and goes, as St. Paul says, 'from light to light': it is a continuous novelty. We said it before: this question is grafted onto the very root of reason. And the surprise grows, and the surprise becomes grateful and joyful. Question and surprise, these are the two factors of permanent youth" (ibid., p. 65).

We would do well, then, to pay attention to days "like any other"—they may surprise us more than we can imagine.

  • El astuto enemigo del corazón

    Simone Riva

    Repetir siempre la pregunta al Destino para que se manifieste, decía don Giussani. Es la «regla» para mantener un corazón dispuesto, abierto al encuentro

    «Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores» (Mt 4, 18). Es difícil imaginar una escena más sencilla y familiar que la descrita en el Evangelio de Mateo. Un día de trabajo como cualquier otro para aquellos pescadores judíos, ocupados, como siempre, con los barcos, las redes, la paciente espera en la oscuridad y el silencio de la noche, el regreso y el esfuerzo de la reorganización. Parecería un día como cualquier otro también para Jesús, que pasea a orillas del mar de Galilea.

    Sin embargo, a partir de ese día «como cualquier otro», nada volvió a ser como antes en la vida de aquellos pescadores. ¿Qué ocurrió? «Les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Y ellos, dejando inmediatamente las redes, le siguieron».

    ¿Qué habrán entendido de esa extraña promesa de Cristo de convertirse en «pescadores de hombres»? Quizás nada. En ese encuentro, sin embargo, no fueron las palabras las que hablaron, sino las miradas. Nadie los había mirado así nunca. El poder de esa mirada, su singularidad y fuerza, han sido descritos y representados por muchos autores a lo largo de los años. Estos días he retomado un texto que me ha impactado mucho: «Sentir el amor de Cristo significa percibir que la figura de Cristo corresponde, por así decirlo, a lo más auténticamente cordial, natural y original que constituye el corazón del propio yo. Un joven puede haber cometido todos los errores, pero siempre ha buscado esa autenticidad, la reconoce en la mirada de Cristo y se deja invadir por ella. A menos que ya esté corrompido, corrompido por una adhesión interesada a una ideología o a un partido, corrompido por el juego del poder» (Luigi Giussani, Un caffè in compagnia, Rizzoli, Milán 2004, p. 63).

    Hay un punto de espera invencible en el corazón del hombre, de todo hombre, para que una mirada así pueda entrar en su vida. Un punto de espera que solo responde a Él. Cuando ocurre, no hay necesidad de explicaciones ni análisis, es un acontecimiento.

    Como el otro día en la escuela. En cuanto suena el timbre para el cambio de hora, sale corriendo una chica con una sonrisa elocuente, viene a buscarme y me dice: «¡Profesor, me he enamorado!». Tenía el mismo ímpetu que habrán visto en los apóstoles sus amigos, esposas y parientes, al regresar de aquel día «como los demás».

    Solo el poder nos engaña. La dinámica que utiliza es tremenda, a menudo sirviéndose incluso de nuestras buenas intenciones. Hace que ya no nos reconozcamos, que la sospecha se convierta en la norma de las relaciones, las facciones en el resultado de las batallas, los conceptos en proyectiles disparados contra todo y contra todos, el acontecimiento en un molesto obstáculo. Ni siquiera los apóstoles se libraron de atravesar el vado de este astuto enemigo, y no sin algunas pérdidas.

    ¿Cómo conservar entonces el encanto del principio? Don Giussani añade: «Repetir, repetir siempre la pregunta al Destino, que Dios se manifieste. La continua repetición de la pregunta (una repetición consciente, por supuesto) mantiene la juventud. Así se descubre cada vez más la realidad y se va, como dice san Pablo, «de luz en luz»: es una novedad continua. Lo decíamos antes: esta pregunta se injerta en la raíz misma de la razón. Y la sorpresa crece, y la sorpresa se vuelve grata y gozosa. Pregunta y sorpresa, he aquí los dos factores de la juventud permanente» (ibíd., p. 65).

    Conviene, pues, estar atentos a los días «como los demás», porque podrían sorprendernos más de lo que podríamos imaginar.

  • L’astuto nemico del cuore

    Simone Riva

    Ripetere sempre la domanda al Destino perché si manifesti, diceva don Giussani. È la “regola” per conservare un cuore pronto, aperto all’incontro

    “Mentre camminava lungo il mare di Galilea, vide due fratelli, Simone, chiamato Pietro, e Andrea suo fratello, che gettavano le reti in mare; erano infatti pescatori” (Mt 4, 18). Difficile immaginare una scena più semplice e familiare di quella descritta dal Vangelo di Matteo. Un giorno di lavoro come gli altri per quei pescatori ebrei, alle prese, come sempre, con le barche, le reti, la paziente attesa nel buio e nel silenzio della notte, il rientro e la fatica del riassetto. Sembrerebbe un giorno come gli altri anche per Gesù che passeggia lungo il mare di Galilea.

    Eppure da quel giorno “come gli altri” nulla fu più come prima per la vita di quei pescatori. Cosa accadde? “Disse loro: ‘Venite dietro a me, vi farò pescatori di uomini’. Ed essi subito lasciarono le reti e lo seguirono”.

    Cos’avranno capito di quella bizzarra promessa di Cristo circa il diventare “pescatori di uomini”? Forse nulla. In quell’incontro, però, a parlare non erano le parole, ma gli sguardi. Mai nessuno li aveva guardati così. La potenza di quello sguardo, la sua unicità e forza, sono stati descritti e rappresentati da molti autori negli anni. In questi giorni ho ripreso un testo che mi ha molto colpito: “Sentirsi addosso l’amore di Cristo vuol dire percepire che la figura di Cristo corrisponde, come dire?, a quel che di più autenticamente cordiale, di più naturale e originale costituisce il cuore del proprio io. Un giovane può aver commesso tutti gli errori, ma quell’autenticità l’ha sempre cercata, nello sguardo a Cristo la riconosce, se ne lascia invadere. A meno che sia già corrotto, corrotto da un’adesione interessata a un’ideologia o a un partito, corrotto dal gioco del potere” (Luigi Giussani, Un caffè in compagnia, Rizzoli, Milano 2004, p. 63).

    C’è un punto di invincibile attesa nel cuore dell’uomo, di ogni uomo, che uno sguardo così possa entrare nella propria vita. Un punto di attesa che risponde solo a Lui. Quando accade non c’è bisogno di spiegazioni o analisi, è un avvenimento.

    Come l’altro giorno a scuola. Appena suona la campanella per il cambio dell’ora esce di corsa una ragazza con un sorriso eloquente, viene a cercarmi e mi dice: “Prof, mi sono innamorata!”. Aveva lo stesso impeto che avranno visto negli apostoli i loro amici, mogli, parenti, al ritorno da quella giornata “come le altre”.

    Solo il potere ci frega. Tremenda la dinamica che usa, spesso servendosi persino delle nostre buone intenzioni. Fa in modo che non ci si riconosca più, che il sospetto divenga la regola dei rapporti, le fazioni l’esito delle battaglie, i concetti proiettili sparati contro tutto e contro tutti, l’avvenimento un fastidioso intralcio. Nemmeno agli apostoli è stato risparmiato di attraversare il guado di questo astuto nemico, e non senza qualche perdita.

    Come custodire il fascino dell’inizio, dunque? Sempre don Giussani aggiunge: “Ripetere, ripetere sempre la domanda al Destino, che Dio si manifesti. La continua ripresa della domanda (una ripresa cosciente, beninteso) mantiene la giovinezza. Uno così scopre sempre di più la realtà, e va, come dice san Paolo, ‘di luce in luce’: è una novità continua. Lo dicevamo prima: è sulla radice stessa della ragione che questa domanda s’innesta. E la sorpresa cresce, e la sorpresa si fa grata e gioiosa. Domanda e sorpresa, ecco i due fattori della giovinezza permanente” (ivi, p. 65).

    Conviene dunque essere attenti ai giorni “come gli altri”, perché potrebbero sorprenderci più di quanto ci potremmo immaginare.

  • L'astucieux ennemi du cœur

    Simone Riva

    Il faut toujours répéter la question au Destin pour qu'il se manifeste, disait Don Giussani. C'est la « règle » pour garder un cœur prêt, ouvert à la rencontre

    « Comme il marchait le long de la mer de Galilée, il vit deux frères, Simon, appelé Pierre, et André son frère, qui jetaient leurs filets dans la mer ; ils étaient en effet pêcheurs » (Mt 4, 18). Difficile d'imaginer une scène plus simple et plus familière que celle décrite dans l'Évangile de Matthieu. Une journée de travail comme les autres pour ces pêcheurs juifs, aux prises, comme toujours, avec les bateaux, les filets, l'attente patiente dans l'obscurité et le silence de la nuit, le retour et la fatigue du rangement. Cela semblerait être une journée comme les autres, même pour Jésus qui se promène au bord de la mer de Galilée.

    Et pourtant, à partir de ce jour « comme les autres », rien ne fut plus comme avant dans la vie de ces pêcheurs. Que s'est-il passé ? « Il leur dit : « Venez à ma suite, je vous ferai pêcheurs d'hommes ». Et aussitôt, ils laissèrent leurs filets et le suivirent ».

    Qu'ont-ils compris de cette étrange promesse du Christ de devenir « pêcheurs d'hommes » ? Peut-être rien. Mais lors de cette rencontre, ce ne sont pas les mots qui ont parlé, mais les regards. Personne ne les avait jamais regardés ainsi. La puissance de ce regard, son caractère unique et sa force ont été décrits et représentés par de nombreux auteurs au fil des ans. Ces derniers jours, j'ai repris un texte qui m'a beaucoup marqué : « Sentir l'amour du Christ sur soi, c'est percevoir que la figure du Christ correspond, comment dire, à ce qu'il y a de plus authentiquement cordial, de plus naturel et d'original dans le cœur de son être. Un jeune peut avoir commis toutes les erreurs, mais il a toujours recherché cette authenticité, il la reconnaît dans le regard du Christ, il se laisse envahir par elle. À moins qu'il ne soit déjà corrompu, corrompu par une adhésion intéressée à une idéologie ou à un parti, corrompu par le jeu du pouvoir » (Luigi Giussani, Un caffè in compagnia, Rizzoli, Milan 2004, p. 63).

    Il y a un point d'attente invincible dans le cœur de l'homme, de chaque homme, pour qu'un tel regard puisse entrer dans sa vie. Un point d'attente qui ne répond qu'à Lui. Quand cela se produit, il n'y a pas besoin d'explications ou d'analyses, c'est un événement.

    Comme l'autre jour à l'école. Dès que la cloche sonne pour le changement d'heure, une jeune fille sort en courant avec un sourire éloquent, vient me chercher et me dit : « Prof, je suis tombée amoureuse ! ». Elle avait le même élan que celui que les amis, les épouses, les parents des apôtres ont dû voir en eux à leur retour de cette journée « comme les autres ».

    Seul le pouvoir nous trompe. La dynamique qu'il utilise est terrible, se servant souvent même de nos bonnes intentions. Il fait en sorte que nous ne nous reconnaissions plus, que la suspicion devienne la règle dans les relations, les factions le résultat des batailles, les concepts des projectiles tirés contre tout et contre tous, l'événement un obstacle gênant. Même les apôtres n'ont pas été épargnés par cet ennemi rusé, et ils ont subi quelques pertes.

    Comment préserver le charme du commencement, alors ? Don Giussani ajoute : « Répéter, toujours répéter la question au Destin, que Dieu se manifeste. La reprise continue de la question (une reprise consciente, bien sûr) maintient la jeunesse. Une telle personne découvre toujours plus la réalité et va, comme le dit saint Paul, « de lumière en lumière » : c'est une nouveauté continue. Nous l'avons dit précédemment : c'est à la racine même de la raison que cette question s'insère. Et la surprise grandit, et la surprise devient reconnaissante et joyeuse. Question et surprise, voilà les deux facteurs de la jeunesse permanente » (ibid., p. 65).

    Il convient donc d'être attentif aux jours « comme les autres », car ils pourraient nous surprendre plus que nous ne pouvons l'imaginer.

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Beyond the Memory, The Presence That Remains.