The Face on the Mountain
“Faith begins not with an argument but with astonishment — the discovery that being with Jesus makes life incredibly beautiful. That is the knowledge Lent is asking us to seek.”
Julián Carrón - The Face on the Mountain: What Tabor Shows Us About the Knowledge That Changes Everything.
We began our Lenten journey with a specific goal: "To grow in the knowledge of the mystery of Christ," as the opening prayer of the first Sunday put it. But what kind of knowledge are we talking about? Not abstract knowledge — a collection of definitions or concepts to memorize. Today's Gospel shows us plainly what it actually is: knowledge that comes from experience.
Jesus takes Peter, James, and John with him, leads them up a high mountain, and shows them his glory — the splendor of his truth. Before their eyes, his face shines like the sun and his clothes become white as light. Jesus doesn't explain his divine nature; he shows them who the Man they follow every single day really is.
Peter's reaction tells us everything: "Lord, it is good for us to be here!" That is the response of someone who has found what his heart was made for. When Reality corresponds to our deepest desires, we want time to stand still. Peter wants to build three tents because that beauty has won him over completely. This is where faith begins — with the astonishment of discovering that being with Jesus makes life incredibly beautiful. And he wants that moment to never end.
But there is something even deeper at work. A luminous cloud envelops the disciples, and a voice comes from the cloud: "This is my Son, the Beloved; with him I am well pleased. Listen to him." The one they see transfigured is not simply a great prophet or an exceptional teacher — he is the Son, the Beloved of the Father. The whole of who Jesus is gets revealed in that instant. And the invitation to "listen to him" is the secret to keeping that light alive even after they come back down the mountain.
The disciples fall facedown, seized by awe. It is the fear of those who have glimpsed something infinitely greater than themselves. "But Jesus came and touched them and said, 'Get up and do not be afraid.' When they looked up, they saw no one but Jesus alone." The Father has spoken, glory has appeared — and in the end, He remains: the Son made man, who walks with them, touches them, and descends the mountain with them.
Only in the light of Tabor do we grasp the true nature of Abraham's gesture, which we heard about in the first reading. God says to him: "Leave your country... and go to the land that I will show you." Why would a man walk away from everything — his land, his family, his security — for such an apparently open-ended directive? Abraham does it because he has intuited the weight of the initiative that the Mystery has taken with him. His response will generate a people — so he is promised — and through that people, a blessing for "all the families of the earth" that has come all the way down to us.
If Abraham left everything behind for a voice from the Mystery, how much more are we being called to do the same — we, to whom the face of that mysterious Lord has been revealed: the Beloved Son, who died and rose again, who conquered death and made life blaze forth?
This is exactly what happened to Paul — a son of Abraham, of the same people — who, upon encountering the risen Christ, made his entire life a testimony to what he had seen. Writing to Timothy, he reminds us that God "has saved us and called us with a holy calling, not according to our works, but according to his own purpose and grace. This was given to us in Christ Jesus from eternity, but it has now been revealed with the manifestation of our Savior Jesus Christ, who conquered death and made life and incorruptibility shine forth through the Gospel."
The same dynamism that moved Abraham and transformed Paul is still alive today, passing from generation to generation, from heart to heart — and today it passes through us. This grace has not been given to us for ourselves alone; it was given for everyone, just as it was for Abraham. If we say yes to it, our lives will become a blessing for everyone we meet.
Second Sunday of Lent - Year A - Notes from the homily by Fr. Julián Carrón March 1, 2026
(First reading: Gen 12:1-4a; Psalm: 32 (33); Second reading: 2 Tim 1:8b-10; Gospel: Mt 17:1-9)
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Hemos comenzado el camino cuaresmal con un objetivo preciso: «Crecer en el conocimiento del misterio de Cristo», como rezaba la oración inicial del primer domingo de Cuaresma. Pero, ¿de qué tipo de conocimiento se trata? No se trata de un conocimiento abstracto, hecho de definiciones o conceptos que hay que memorizar. El Evangelio de hoy nos muestra con claridad su verdadera naturaleza: es un conocimiento que nace de la experiencia.
Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva a una montaña alta y les muestra su gloria, el esplendor de su verdad. Ante sus ojos, su rostro brilla como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Jesús no explica su naturaleza divina, les muestra quién es realmente el Hombre al que siguen cada día.
Por la reacción de Pedro se entiende que han dado en el clavo: «¡Señor, qué bien estamos aquí!». Es la reacción de quien ha encontrado aquello para lo que está hecho su corazón. Cuando la realidad se corresponde con nuestros deseos más profundos, nos gustaría que el tiempo se detuviera. Pedro querría construir tres tiendas, porque esa belleza lo ha conquistado. La fe comienza así, con el asombro de descubrir que estar con Jesús hace que la vida sea increíblemente hermosa. Y él querría que ese momento no terminara nunca.
Pero hay algo que hay que comprender aún más profundamente. Una nube luminosa envuelve a los discípulos y de la nube sale una voz. ¿Por qué sucede esto? «Este es mi Hijo, el amado; en él tengo puesta mi complacencia. Escuchadle». Aquel a quien ven transfigurado no es solo un gran profeta o un maestro excepcional: es el Hijo, el amado del Padre. Toda la realidad de Jesús se revela en ese instante. La invitación a «escucharle» es el secreto para mantener viva esa luz incluso cuando bajen de la montaña.
Los discípulos caen con el rostro en tierra, presa de un gran temor. Es el temor de quien ha vislumbrado algo infinitamente más grande que él mismo. «Pero Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «Levantaos y no temáis». Al levantar los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo».
El Padre ha hablado, la gloria ha aparecido y al final queda Él: el Hijo hecho hombre que camina con ellos, que los toca y que baja con ellos de la montaña. Solo a la luz del Tabor comprendemos la verdadera naturaleza del gesto de Abraham, del que hemos oído hablar en la primera lectura. Dios le dice: «Sal de tu tierra, [...] hacia la tierra que yo te indicaré». ¿Por qué un hombre debería dejarlo todo —su tierra, su familia, su seguridad— por una indicación aparentemente tan vaga? Abraham lo hace porque ha intuido el alcance de la iniciativa que el Misterio ha tomado con él. La respuesta de Abraham generará un pueblo —así se le ha prometido— y, a través de él, una bendición para «todas las familias de la tierra», que ha llegado hasta nosotros.
Si Abraham lo dejó todo por una voz del Misterio, cuánto más estamos llamados a hacerlo nosotros, a quienes se nos ha revelado el rostro de ese Señor misterioso: el Hijo amado, muerto y resucitado, que venció a la muerte e hizo resplandecer la vida.
Es exactamente lo que le sucedió a Pablo, un hijo de Abraham, del mismo pueblo al que pertenecía, que, al encontrarse con Cristo resucitado, hizo de su vida un testimonio de lo que había visto. Escribiendo a Timoteo, Pablo nos recuerda que Dios «nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y su gracia.
Esta nos ha sido dada en Cristo Jesús, desde la eternidad, pero ha sido revelada ahora, con la manifestación de nuestro Salvador Jesucristo, que venció a la muerte e hizo resplandecer la vida y la incorruptibilidad por medio del Evangelio». El dinamismo que movió a Abraham y transformó a Pablo continúa hoy, pasa de generación en generación y de corazón en corazón. Y hoy pasa a través de nosotros. A nosotros, que hemos sido alcanzados por esta gracia: nos ha sido dada no solo para nosotros, sino para todos, como le sucedió a Abraham. Si la seguimos, nuestra vida será una bendición para quienes nos encuentren.
II Domingo de Cuaresma - Año A
Notas de la homilía de don Julián Carrón 01 de marzo de 2026
(Primera lectura: Génesis 12,1-4a; Salmo: 32 (33); Segunda lectura: 2 Timoteo 1,8b-10; Evangelio: Mateo 17,1-9)
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Abbiamo iniziato il cammino quaresimale con un obiettivo preciso: «Crescere nella conoscenza del mistero di Cristo», come recitava la preghiera iniziale della prima domenica di Quaresima. Ma di che tipo di conoscenza si tratta? Non di una conoscenza astratta, fatta di definizioni o di concetti da memorizzare. Il Vangelo di oggi ci mostra con chiarezza la sua vera natura: è una conoscenza che nasce dall’esperienza.
Gesù prende con sé Pietro, Giacomo e Giovanni, li conduce su un alto monte e gli fa vedere la sua gloria, lo splendore della sua verità. Davanti ai loro occhi, il suo volto brilla come il sole e le sue vesti diventano candide come la luce. Gesù non spiega la Sua natura divina, mostra loro chi è veramente l’Uomo che seguono ogni giorno.
Dalla reazione di Pietro si capisce che hanno colto nel segno: «Signore, è bello per noi essere qui!». È la reazione di chi ha trovato ciò per cui il cuore è fatto. Quando la realtà corrisponde ai nostri desideri più profondi, vorremmo che il tempo si fermasse. Pietro vorrebbe costruire tre tende, perché quella bellezza lo ha conquistato. La fede inizia così, con lo stupore di scoprire che stare con Gesù rende la vita incredibilmente bella. E lui vorrebbe che quel momento non finisse mai.
Ma c’è qualcosa da capire ancor più in profondità. Una nube luminosa avvolge i discepoli e dalla nube giunge una voce. Perché accade così? «Questi è il Figlio mio, l’amato: in lui ho posto il mio compiacimento. Ascoltatelo». Colui che vedono trasfigurato non è solo un grande profeta o un maestro eccezionale: è il Figlio, l’amato del Padre. Tutta la realtà di Gesù si svela in quell’istante. L’invito ad “ascoltarlo” è il segreto per mantenere viva quella luce anche quando scenderanno dal monte.
I discepoli cadono con la faccia a terra, colti da un grande timore. È il timore di chi ha intravisto qualcosa di infinitamente più grande di sé. «Ma Gesù si avvicinò, li toccò e disse: “Alzatevi e non temete”. Alzando gli occhi, non videro più nessuno, se non Gesù solo». Il Padre ha parlato, la gloria è apparsa e alla fine rimane Lui: il Figlio fatto uomo che cammina con loro, che li tocca e che scende insieme a loro dal monte.
Solo alla luce del Tabor comprendiamo la vera natura del gesto di Abramo, di cui abbiamo sentito parlare nella prima lettura. Dio gli dice: «Vattene dalla tua terra, […] verso la terra che io ti indicherò». Perché un uomo dovrebbe lasciare tutto – la propria terra, la famiglia, la sicurezza – per un’indicazione apparentemente così vaga? Abramo lo fa perché ha intuito la portata dell’iniziativa che il Mistero ha preso con lui. La risposta di Abramo genererà un popolo – gli è stato promesso –, e, attraverso di esso, una benedizione per
«tutte le famiglie della Terra», che è arrivata fino a noi. Se Abramo ha lasciato tutto per una voce del Mistero, quanto più siamo chiamati a farlo noi, coloro ai quali si è rivelato il volto di quel misterioso Signore: il Figlio amato, morto e risorto, che ha vinto la morte e ha fatto risplendere la vita.
È esattamente ciò che è accaduto a Paolo, un figlio di Abramo, dello stesso popolo di appartenenza, che, incontrando Cristo risorto, ha fatto della propria vita una testimonianza di quanto aveva visto. Scrivendo a Timoteo, Paolo ci ricorda che Dio «ci ha salvati e ci ha chiamati con una vocazione santa, non già in base alle nostre opere, ma secondo il suo progetto e la sua grazia. Questa ci è stata data in Cristo Gesù, fin dell’eternità, ma è stata rivelata ora, con la manifestazione del Salvatore nostro Gesù Cristo, che ha vinto la morte e ha fatto risplendere la vita e l’incorruttibilità per mezzo del Vangelo». Il dinamismo che ha mosso Abramo e trasformato Paolo continua ancora oggi, passa di generazione in generazione e di cuore in cuore. E oggi passa attraverso di noi. A noi, che siamo stati raggiunti da questa grazia: ci è stata data non solo per noi, ma per tutti, come è accaduto ad Abramo. Se l’assecondiamo, la nostra vita sarà una benedizione per coloro che ci incontrano.
II Domenica di Quaresima - Anno A
Appunti dall’omelia di don Julián Carrón 01 marzo 2026
(Prima lettura: Gen 12,1-4a; Salmo: 32 (33); Seconda lettura: 2Tm 1,8b-10; Vangelo: Mt 17,1-9)
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Nous avons commencé le cheminement du Carême avec un objectif précis : « Grandir dans la connaissance du mystère du Christ », comme le disait la prière d'ouverture du premier dimanche de Carême. Mais de quel type de connaissance s'agit-il ? Il ne s'agit pas d'une connaissance abstraite, faite de définitions ou de concepts à mémoriser. L'Évangile d'aujourd'hui nous montre clairement sa véritable nature : c'est une connaissance qui naît de l'expérience.
Jésus prend avec lui Pierre, Jacques et Jean, les conduit sur une haute montagne et leur montre sa gloire, la splendeur de sa vérité. Devant leurs yeux, son visage brille comme le soleil et ses vêtements deviennent blancs comme la lumière. Jésus n'explique pas sa nature divine, il leur montre qui est vraiment l'Homme qu'ils suivent chaque jour.
La réaction de Pierre montre qu'ils ont compris : « Seigneur, il est bon que nous soyons ici ! ». C'est la réaction de ceux qui ont trouvé ce pour quoi leur cœur est fait. Lorsque la réalité correspond à nos désirs les plus profonds, nous aimerions que le temps s'arrête. Pierre voudrait construire trois tentes, car cette beauté l'a conquis. La foi commence ainsi, par l'émerveillement de découvrir que la vie avec Jésus est incroyablement belle. Et il voudrait que ce moment ne s'arrête jamais.
Mais il y a quelque chose à comprendre encore plus profondément. Un nuage lumineux enveloppe les disciples et une voix sort du nuage. Pourquoi cela se produit-il ? « Celui-ci est mon Fils bien-aimé, en qui j'ai mis toute ma joie. Écoutez-le ». Celui qu'ils voient transfiguré n'est pas seulement un grand prophète ou un maître exceptionnel : c'est le Fils, le bien-aimé du Père. Toute la réalité de Jésus se révèle à cet instant. L'invitation à « l'écouter » est le secret pour garder cette lumière vivante même lorsqu'ils descendront de la montagne.
Les disciples tombent face contre terre, saisis d'une grande crainte. C'est la crainte de ceux qui ont entrevu quelque chose d'infiniment plus grand qu'eux-mêmes. « Mais Jésus s'approcha, les toucha et dit : « Levez-vous et n'ayez pas peur ». Levant les yeux, ils ne virent plus personne, sauf Jésus seul ». Le Père a parlé, la gloire est apparue et, à la fin, Il reste : le Fils fait homme qui marche avec eux, qui les touche et qui descend avec eux de la montagne.
Ce n'est qu'à la lumière du Thabor que nous comprenons la véritable nature du geste d'Abraham, dont nous avons entendu parler dans la première lecture. Dieu lui dit : « Quitte ton pays, [...] vers le pays que je t'indiquerai ».
Pourquoi un homme devrait-il tout quitter – sa terre, sa famille, sa sécurité – pour une indication apparemment si vague ? Abraham le fait parce qu'il a compris la portée de l'initiative que le Mystère a prise avec lui. La réponse d'Abraham engendrera un peuple – cela lui a été promis – et, à travers lui, une bénédiction pour « toutes les familles de la Terre », qui nous est parvenue jusqu'à nous.
Si Abraham a tout quitté pour une voix du Mystère, à combien plus forte raison sommes-nous appelés à le faire, nous à qui s'est révélé le visage de ce Seigneur mystérieux : le Fils bien-aimé, mort et ressuscité, qui a vaincu la mort et fait resplendir la vie.
C'est exactement ce qui est arrivé à Paul, un fils d'Abraham, du même peuple, qui, après avoir rencontré le Christ ressuscité, a fait de sa vie un témoignage de ce qu'il avait vu. Écrivant à Timothée, Paul nous rappelle que Dieu « nous a sauvés et nous a appelés à une vocation sainte, non pas en fonction de nos œuvres, mais selon son projet et sa grâce.
Elle nous a été donnée en Jésus-Christ, depuis toute éternité, mais elle a été révélée maintenant, avec la manifestation de notre Sauveur Jésus-Christ, qui a vaincu la mort et fait resplendir la vie et l'incorruptibilité par l'Évangile ». Le dynamisme qui a animé Abraham et transformé Paul continue aujourd'hui encore, se transmettant de génération en génération et de cœur à cœur. Et aujourd'hui, il passe par nous. À nous qui avons été touchés par cette grâce : elle nous a été donnée non seulement pour nous, mais pour tous, comme cela s'est produit pour Abraham. Si nous y répondons, notre vie sera une bénédiction pour ceux qui nous rencontrent.
II Dimanche de Carême - Année A
Notes de l'homélie de don Julián Carrón 01 mars 2026
(Première lecture : Gen 12,1-4a ; Psaume : 32 (33) ; Deuxième lecture : 2Tm 1,8b-10 ; Évangile : Mt 17,1-9)
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Wir haben den Weg der Fastenzeit mit einem klaren Ziel begonnen: „Wachsen in der Erkenntnis des Geheimnisses Christi“, wie es im Eröffnungsgebet des ersten Fastensonntags hieß. Aber um welche Art von Erkenntnis handelt es sich dabei? Nicht um eine abstrakte Erkenntnis, die aus Definitionen oder auswendig zu lernenden Begriffen besteht. Das heutige Evangelium zeigt uns deutlich ihre wahre Natur: Es ist eine Erkenntnis, die aus der Erfahrung entsteht.
Jesus nimmt Petrus, Jakobus und Johannes mit sich, führt sie auf einen hohen Berg und zeigt ihnen seine Herrlichkeit, den Glanz seiner Wahrheit. Vor ihren Augen strahlt sein Gesicht wie die Sonne und seine Gewänder werden weiß wie das Licht. Jesus erklärt ihnen nicht seine göttliche Natur, sondern zeigt ihnen, wer der Mensch, dem sie jeden Tag folgen, wirklich ist.
An der Reaktion des Petrus erkennt man, dass sie den Kern getroffen haben: „Herr, es ist schön, dass wir hier sind!“ Es ist die Reaktion eines Menschen, der gefunden hat, wofür sein Herz geschaffen ist. Wenn die Realität unseren tiefsten Wünschen entspricht, möchten wir, dass die Zeit stehen bleibt. Petrus möchte drei Hütten bauen, weil ihn diese Schönheit erobert hat. So beginnt der Glaube, mit dem Staunen darüber, dass das Leben mit Jesus unglaublich schön ist. Und er möchte, dass dieser Moment niemals endet.
Aber es gibt noch etwas, das man noch tiefer verstehen muss. Eine leuchtende Wolke umhüllt die Jünger, und aus der Wolke ertönt eine Stimme. Warum geschieht das? „Dies ist mein geliebter Sohn, an dem ich Wohlgefallen gefunden habe. Hört auf ihn.“ Derjenige, den sie verherrlicht sehen, ist nicht nur ein großer Prophet oder ein außergewöhnlicher Lehrer: Er ist der Sohn, der Geliebte des Vaters. Die ganze Wirklichkeit Jesu offenbart sich in diesem Augenblick. Die Aufforderung, „auf ihn zu hören“, ist das Geheimnis, um dieses Licht auch dann am Leben zu erhalten, wenn sie den Berg hinabsteigen.
Die Jünger fallen mit dem Gesicht zu Boden, von großer Furcht erfasst. Es ist die Furcht derer, die etwas unendlich Größeres als sich selbst erblickt haben. „Aber Jesus näherte sich ihnen, berührte sie und sagte: ‚Steht auf und fürchtet euch nicht!‘ Als sie aufblickten, sahen sie niemanden mehr außer Jesus allein.“ Der Vater hat gesprochen, die Herrlichkeit ist erschienen, und am Ende bleibt er: der Mensch gewordene Sohn, der mit ihnen geht, sie berührt und mit ihnen vom Berg herabsteigt.
Nur im Licht des Tabor verstehen wir die wahre Natur der Geste Abrahams, von der wir in der ersten Lesung gehört haben. Gott sagt zu ihm: „Zieh weg aus deinem Land, […] in das Land, das ich dir zeigen werde.“
Warum sollte ein Mensch alles – sein Land, seine Familie, seine Sicherheit – für eine scheinbar so vage Angabe aufgeben? Abraham tut es, weil er die Tragweite der Initiative, die das Geheimnis mit ihm genommen hat, intuitiv erfasst hat. Abrahams Antwort wird ein Volk hervorbringen – so wurde ihm versprochen – und durch dieses einen Segen für „alle Familien der Erde“, der bis zu uns gelangt ist.
Wenn Abraham alles für eine Stimme des Geheimnisses aufgegeben hat, um wie viel mehr sind wir dazu aufgerufen, dies zu tun, wir, denen das Antlitz dieses geheimnisvollen Herrn offenbart wurde: der geliebte Sohn, gestorben und auferstanden, der den Tod besiegt und das Leben zum Leuchten gebracht hat.
Genau das ist Paulus widerfahren, einem Sohn Abrahams, dem gleichen Volk angehörig, der, als er dem auferstandenen Christus begegnete, sein Leben zu einem Zeugnis dessen machte, was er gesehen hatte. In seinem Brief an Timotheus erinnert uns Paulus daran, dass Gott „uns gerettet und zu einem heiligen Leben berufen hat, nicht aufgrund unserer Werke, sondern nach seinem Plan und seiner Gnade.
Diese ist uns in Christus Jesus seit Ewigkeit gegeben, aber jetzt offenbart worden durch die Offenbarung unseres Heilands Jesus Christus, der den Tod besiegt und durch das Evangelium das Leben und die Unvergänglichkeit zum Vorschein gebracht hat”. Die Dynamik, die Abraham bewegt und Paulus verwandelt hat, wirkt auch heute noch, sie geht von Generation zu Generation und von Herz zu Herz. Und heute geht sie durch uns hindurch. Uns, die wir von dieser Gnade erreicht worden sind: Sie wurde uns nicht nur für uns selbst gegeben, sondern für alle, wie es bei Abraham der Fall war. Wenn wir ihr nachgeben, wird unser Leben ein Segen für diejenigen sein, denen wir begegnen.
II Sonntag der Fastenzeit – Jahr A
Notizen aus der Predigt von Don Julián Carrón 01 März 2026
(Erste Lesung: Gen 12,1-4a; Psalm: 32 (33); Zweite Lesung: 2Tm 1,8b-10; Evangelium: Mt 17,1-9)