Thomas’s Doubt, Our Healing
“Whatever it is, the way you tell your story online can make all the difference.”
Julián Carrón - Thomas doubted, touched, and believed—and his wound became the healing of ours.
The Gospel takes us to the heart of that evening, the first day of the week. The doors are locked. The disciples are shut inside that room, paralyzed by fear. Outside stands the world that has just crucified their Master. Inside, the heavy silence of men who have lost everything. And it is precisely there—in that silence, in that confinement, in that fear—that the unimaginable happens. Jesus comes. He stands among them. And He says: “Peace be with you!”
This is how it begins. Not with a spiritual reflection. Not with a nice, comforting idea. With An Event—a miracle that surprises even the disciples themselves. They did not expect it. They could not have produced it. And Jesus bursts into that fear with His living, real Presence.
He understands their difficulty. He knows how hard it is to believe what their eyes are seeing—so unexpected and unpredictable is it. So He comes to meet them: He shows them His hands and His side. Through those wounds, the disciples recognize the face of the One with whom they had shared so many hours, whose miracles they had admired, whose teaching they had heard, and whom they had then watched die on the cross. It is Him. The same One. And He is alive.
No wonder, then, that the Gospel concludes with these simple, magnificent words: “The disciples rejoiced when they saw the Lord.” Who among us would not have rejoiced? That recognition transforms them. From men locked inside their fear, they become witnesses: “We have seen the Lord!”
But someone was not there that evening. Thomas. And when the others tell him what they have seen, he refuses to believe: “Unless I see the mark of the nails in His hands and put my finger into the mark of the nails and put my hand into His side, I will not believe.”
And Jesus? He does not abandon him. A week later He returns, and this time Thomas is there. Again the doors are locked. Again the greeting: “Peace be with you!” Then, addressing Thomas directly—with a tenderness that moves us—He says: “Put your finger here and see My hands; reach out your hand and put it into My side. Do not be unbelieving, but believe!”
Jesus bends to Thomas’s difficulty. He makes Himself available exactly where Thomas can reach Him. He takes his pain, his resistance, and his need seriously. The irriducibilità dell’io—the irreducible core of Thomas’s “I”—is not bypassed or overridden. It is met. And it is precisely through this gesture of infinite condescension that the highest confession of faith in the entire Gospel of John rises from the disciple’s lips: “My Lord and my God!”
Probably no one grasped the significance of this episode better than St. Gregory the Great. With his characteristic depth, the great Pope writes: “Do you think it was mere chance that that chosen disciple was absent, and then upon arriving heard of The Event, and upon hearing doubted, and upon doubting touched, and upon touching believed? No—this did not happen by chance, but by divine providence.” Gregory sees the design. The Lord’s mercy worked in a marvelous way: the disciple who doubted and touched the wounds of his Master’s body healed in us the wounds of unbelief. Thomas’s doubt has done more for our faith than the belief of the other disciples. For while Thomas is brought back to faith by touching, our minds are strengthened by overcoming every doubt. The disciple who doubted and touched became a witness to the truth of the Resurrection.
We who come after Thomas can believe thanks to the testimony of those who, like him, have seen. “Blessed are those who have not seen and yet have believed!” Jesus says. And whoever relies on this testimony and believes will be able to see the truth of the Resurrection confirmed in their own life—filled with signs that bear it out.
This is why the Gospel ends as it does: “Jesus performed many other signs in the presence of His disciples, which are not written in this book. But these have been written so that you may believe that Jesus is the Christ, the Son of God, and that by believing you may have life in His name.” We have not seen as the apostles did. But by believing their testimony, we can see that it is true—because we have life in His name. The new life that moves within us confirms the truth of His Resurrection, here and now. This is not nostalgia for a distant event. It is “correspondence”—the lived verification that what happened to Thomas is happening to us.
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II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia - Año A
Extracto de la homilía de don Julián Carrón, 12 de abril de 2026
(Primera lectura: Hch 2,42-47; Salmo 117 (118); Segunda lectura: 1 Pe 1,3-9; Evangelio: Jn 20,19-31)
El Evangelio que acabamos de escuchar nos transporta al corazón de aquella tarde, el primer día de la semana. Las puertas están cerradas y los discípulos encerrados en aquella habitación, paralizados por el miedo. Afuera, está el mundo que acaba de crucificar a su Maestro. Adentro, hay un silencio pesado de quienes lo han perdido todo. Y es precisamente en ese silencio, en ese encierro, en ese miedo, donde ocurre lo inimaginable. Jesús viene, se pone en medio de ellos y dice: «¡La paz sea con vosotros!».
Este es el comienzo. No una reflexión espiritual, no una bonita idea consoladora, sino un hecho. Un acontecimiento que sorprende incluso a los que están presentes. Los discípulos no lo esperaban, y Jesús irrumpe en ese miedo con su presencia viva y real.
Él comprende su dificultad, sabe que es difícil creer lo que ven sus ojos, tan inesperado y imprevisible es, y entonces sale a su encuentro: les muestra las manos y el costado y, a través de esas heridas, los discípulos reconocen el rostro de Aquel con quien habían compartido tantas horas, cuyos milagros habían admirado, cuyas enseñanzas habían escuchado, y a quien luego habían visto morir en la cruz. Es Él. El mismo. Y está vivo.
No es de extrañar, pues, que el Evangelio continúe con estas palabras tan sencillas y maravillosas:
«Los discípulos se alegraron al ver al Señor». ¿Quién de nosotros no se habría alegrado? Ese reconocimiento los transforma: de hombres encerrados en su miedo, se convierten en testigos: «¡Hemos visto al Señor!».
Pero alguien, aquella noche, no estaba allí. Tomás. Y cuando los demás le cuentan lo que han visto, él no se lo cree: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mi dedo en la marca de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
¿Y Jesús? Jesús no lo abandona. Dos días después vuelve, y esta vez Tomás está allí; de nuevo las puertas cerradas, de nuevo el saludo: «¡La paz sea con vosotros!». Luego, dirigiéndose directamente a Tomás, con una ternura que conmueve, le dice: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y ponla en mi costado; ¡no seas incrédulo, sino creyente!».
Jesús se adapta a la dificultad de Tomás, se deja encontrar donde él pueda encontrarlo, se toma en serio su dolor, su resistencia, su necesidad. Y es precisamente a través de este gesto de infinita condescendencia que de la boca del discípulo surge la confesión de fe más elevada que encontramos en el Evangelio de Juan: «¡Señor mío y Dios mío!».
Probablemente nadie ha comprendido mejor el alcance de este episodio que san Gregorio Magno. Con su habitual profundidad, el gran Pontífice escribe: «¿Acaso atribuiréis a una mera casualidad que aquel discípulo elegido por el Señor estuviera ausente, y que al llegar se enterara del hecho, y al enterarse dudara, y al dudar tocara, y al tocar creyera? No, esto no sucedió por casualidad, sino por disposición divina. La clemencia del Señor actuó de manera maravillosa, pues aquel discípulo, con sus dudas, mientras tocaba las heridas del cuerpo de su maestro, sanaba en nosotros las heridas de la incredulidad. La incredulidad de Tomás nos ha beneficiado mucho más, en lo que respecta a la fe, que la fe de los demás discípulos. Mientras que, en efecto, aquel es llevado de nuevo a la fe al tocar, nuestra mente se consolida en la fe al superar toda duda. Así, el discípulo, que dudó y tocó, se ha convertido en testigo de la verdad de la resurrección»1.
Nosotros, que venimos después de Tomás, podemos creer gracias al testimonio de aquellos que, como él, han visto. «¡Bienaventurados los que no han visto [de esa manera que solo se les ha concedido a ellos] y han creído!», dice Jesús a Tomás. Quien se apoye en este testimonio único y crea, podrá ver en su propia vida la verdad de la resurrección, llenándose de signos que la confirman.
Por eso el Evangelio termina con estas palabras: «Jesús, en presencia de sus discípulos, hizo muchos otros signos que no se han escrito en este libro. Pero estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Nosotros no hemos visto como los apóstoles, pero, creyendo en su testimonio, podemos ver que es verdad porque tenemos vida en su nombre. La vida nueva que vibra en nosotros confirma hoy la verdad de su resurrección.
1 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, II, 26, 7–9.
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II Domenica di Pasqua o della Divina Misericordia - Anno A
Appun7 dall’omelia di don Julián Carrón 12 aprile 2026
(Prima le*ura: At 2,42-47; Salmo 117 (118); Seconda le*ura: 1Pt 1,3-9; Vangelo: Gv 20,19-31)
Il Vangelo che abbiamo ascoltato ci porta nel cuore di quella sera, il primo giorno della se7mana. Le porte sono serrate e i discepoli rinchiusi in quella stanza, paralizza; dalla paura. Fuori, c’è il mondo che ha appena crocifisso il loro Maestro. Dentro, c’è il silenzio pesante di chi ha perso tuBo. Ed è proprio in quel silenzio, in quella chiusura, in quella paura, che accade l’inimmaginabile. Gesù viene, sta in mezzo a loro e dice: «Pace a voi!».
Questo è l’inizio. Non una riflessione spirituale, non una bella idea consolatoria, ma un faBo. Un avvenimento che sorprende perfino i dire7 interessa;. I discepoli non se lo aspeBavano, e Gesù irrompe in quella paura con la sua presenza viva e reale.
Lui comprende la loro fa;ca, sa che è difficile credere a ciò che i loro occhi vedono, tanto è inaspeBato, imprevedibile, e allora viene loro incontro: mostra le mani e il fianco e, aBraverso quelle ferite, i discepoli riconoscono il volto di Colui con cui avevano condiviso tante ore, di cui avevano ammirato i miracoli, ascoltato gli insegnamen;, e che poi avevano visto morire sulla croce. È Lui. Lo stesso. Ed è vivo.
Non stupisce allora che il Vangelo con;nui con queste parole semplicissime e meravigliose:
«I discepoli gioirono al vedere il Signore». Chi di noi non avrebbe gioito? Quel riconoscimento li trasforma: da uomini chiusi nella loro paura, diventano tes;moni: «Abbiamo visto il Signore!».
Ma qualcuno, quella sera, non era lì. Tommaso. E quando gli altri gli riferiscono ciò che hanno visto, lui non ci sta: «Se non vedo nelle sue mani il segno dei chiodi e non meBo il mio dito nel segno dei chiodi e non meBo la mia mano nel suo fianco, io non credo».
E Gesù? Gesù non lo abbandona. OBo giorni dopo torna, e questa volta Tommaso è lì; di nuovo le porte chiuse, di nuovo il saluto: «Pace a voi!». Poi, rivolgendosi direBamente a Tommaso, con una tenerezza che commuove, gli dice: «Me7 qui il tuo dito e guarda le mie mani; tendi la tua mano e me7la nel mio fianco; non essere incredulo, ma credente!».
Gesù si piega alla difficoltà di Tommaso, si fa trovare dove lo può incontrare, prende sul serio il suo dolore, la sua resistenza, il suo bisogno. Ed è proprio aBraverso questo gesto di condiscendenza infinita che dalla bocca del discepolo sale la confessione di fede più alta che troviamo nel Vangelo di Giovanni: «Mio Signore e mio Dio!».
Probabilmente nessuno ha capito la portata di questo episodio meglio di san Gregorio Magno. Con la sua consueta profondità, il grande Pontefice scrive: «Attribuite forse a un puro caso che quel discepolo scelto dal Signore sia stato assente, e venendo poi abbia udito il fatto, e udendo abbia dubitato, e dubitando abbia toccato, e toccando abbia creduto? No, questo non avvenne a caso, ma per divina disposizione. La clemenza del Signore ha agito in modo meraviglioso, poiché quel discepolo, con i suoi dubbi, mentre nel suo maestro toccava le ferite del corpo, guariva in noi le ferite dell’incredulità. L’incredulità di Tommaso ha giovato a noi molto più, riguardo alla fede, che non la fede degli altri discepoli. Mentre, infatti, quello viene ricondotto alla fede col toccare, la nostra mente viene consolidata nella fede con il superamento di ogni dubbio. Così il discepolo, che ha dubitato e toccato, è divenuto testimone della verità della risurrezione»1.
Tu7 noi, che veniamo dopo Tommaso, possiamo credere grazie alla tes;monianza di coloro che, come lui, hanno visto. «Bea; quelli che non hanno visto [in quel modo che è stato donato solo a loro] e hanno creduto!», dice Gesù a Tommaso. Chi si appoggia a questa tes;monianza unica, e crede, potrà vedere nella propria vita la verità della risurrezione, riempiendosi di segni che la confermano.
Per questo il Vangelo finisce con queste parole: «Gesù, in presenza dei suoi discepoli, fece mol; altri segni che non sono sta; scri7 in questo libro. Ma ques; sono sta; scri7 perché crediate che Gesù è il Cristo, il Figlio di Dio, e perché, credendo, abbiate la vita nel suo nome». Noi non abbiamo visto come gli apostoli, ma, credendo alla loro tes;monianza, possiamo vedere che è vera perché abbiamo la vita nel Suo nome. La vita nuova che vibra in noi conferma oggi la verità della Sua risurrezione.
1 San Gregorio Magno, Omelie sui Vangeli, II, 26, 7–9.
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IIe dimanche de Pâques ou de la Divine Miséricorde - Année A
Extrait de l’homélie de don Julián Carrón, le 12 avril 2026
(Première lecture : Ac 2,42-47 ; Psaume 117 (118) ; Deuxième lecture : 1 P 1,3-9 ; Évangile : Jn 20,19-31)
L’Évangile que nous venons d’entendre nous plonge au cœur de cette soirée, le premier jour de la semaine. Les portes sont fermées à clé et les disciples enfermés dans cette pièce, paralysés par la peur. Dehors, il y a le monde qui vient de crucifier leur Maître. À l’intérieur, il y a le silence pesant de ceux qui ont tout perdu. Et c’est précisément dans ce silence, dans cet enfermement, dans cette peur, que l’inimaginable se produit. Jésus vient, se tient au milieu d’eux et dit : « La paix soit avec vous ! ».
C’est le commencement. Pas une réflexion spirituelle, pas une belle idée consolatrice, mais un fait. Un événement qui surprend même les disciples. Les disciples ne s’y attendaient pas, et Jésus fait irruption dans cette peur par sa présence vivante et réelle.
Il comprend leur difficulté, il sait qu’il est difficile de croire ce que leurs yeux voient, tant c’est inattendu, imprévisible, et alors il vient à leur rencontre : il montre ses mains et son côté et, à travers ces blessures, les disciples reconnaissent le visage de Celui avec qui ils avaient partagé tant d’heures, dont ils avaient admiré les miracles, écouté les enseignements, et qu’ils avaient ensuite vu mourir sur la croix. C’est Lui. Le même. Et il est vivant.
Il n’est donc pas étonnant que l’Évangile se termine par ces mots si simples et si merveilleux :
« Les disciples se réjouirent en voyant le Seigneur ». Qui d’entre nous ne se serait pas réjoui ? Cette reconnaissance les transforme : d’hommes enfermés dans leur peur, ils deviennent des témoins : « Nous avons vu le Seigneur ! ».
Mais quelqu’un, ce soir-là, n’était pas là. Thomas. Et quand les autres lui racontent ce qu’ils ont vu, il n’y croit pas : « Si je ne vois pas dans ses mains la marque des clous et si je ne mets pas mon doigt dans la marque des clous et si je ne mets pas ma main dans son côté, je ne croirai pas ».
Et Jésus ? Jésus ne l’abandonne pas. Deux jours plus tard, il revient, et cette fois, Thomas est là ; de nouveau les portes fermées, de nouveau la salutation : « La paix soit avec vous ! ». Puis, s’adressant directement à Thomas, avec une tendresse qui émeut, il lui dit : « Mets ici ton doigt et regarde mes mains ; tends ta main et mets-la dans mon côté ; ne sois pas incrédule, mais croyant ! ».
Jésus s’incline devant la difficulté de Thomas, se rend là où il peut le rencontrer, prend au sérieux sa douleur, sa résistance, son besoin. Et c’est précisément à travers ce geste d’infinie condescendance que s’élève de la bouche du disciple la plus haute confession de foi que l’on trouve dans l’Évangile de Jean : « Mon Seigneur et mon Dieu ! ».
Probablement personne n’a mieux compris la portée de cet épisode que saint Grégoire le Grand. Avec sa profondeur habituelle, le grand Pape écrit : « Attribuez-vous peut-être au pur hasard le fait que ce disciple choisi par le Seigneur ait été absent, qu’en arrivant ensuite il ait entendu parler de l’événement, qu’en entendant il ait douté, qu’en doutant il ait touché, et qu’en touchant il ait cru ? Non, cela ne s’est pas produit par hasard, mais par disposition divine. La clémence du Seigneur a agi de manière merveilleuse, car ce disciple, avec ses doutes, tandis qu’il touchait les blessures du corps de son maître, guérissait en nous les blessures de l’incrédulité. L’incrédulité de Thomas nous a été bien plus profitable, en matière de foi, que la foi des autres disciples. En effet, alors que lui est ramené à la foi par le toucher, notre esprit est affermis dans la foi par le dépassement de tout doute. Ainsi, le disciple, qui a douté et touché, est devenu témoin de la vérité de la résurrection1.
Nous, qui venons après Thomas, nous pouvons croire grâce au témoignage de ceux qui, comme lui, ont vu. « Heureux ceux qui n’ont pas vu [de cette manière qui n’a été donnée qu’à eux] et qui ont cru ! », dit Jésus à Thomas. Celui qui s’appuie sur ce témoignage unique et croit pourra voir dans sa propre vie la vérité de la résurrection, en se remplissant de signes qui la confirment.
C’est pourquoi l’Évangile se termine par ces mots : « Jésus, en présence de ses disciples, a accompli bien d’autres signes qui n’ont pas été consignés dans ce livre. Mais ceux-ci ont été écrits afin que vous croyiez que Jésus est le Christ, le Fils de Dieu, et qu’en croyant, vous ayez la vie en son nom ». Nous n’avons pas vu comme les apôtres, mais, en croyant à leur témoignage, nous pouvons voir que c’est vrai parce que nous avons la vie en son nom. La vie nouvelle qui vibre en nous confirme aujourd’hui la vérité de sa résurrection.
1 Saint Grégoire le Grand, Homélies sur les Évangiles, II, 26, 7–9.