Beyond Fear
“What had enabled Peter to walk on the water in such a stormy sea? He had not taken his eyes off Jesus”
Julián Carrón— Elijah on Horeb, Peter on the water: Carrón on what holds when fear arrives.
The prophet Elijah had defeated the prophets of Baal — a resounding victory. And that victory was exactly why Queen Jezebel swore revenge and set out to kill him. Elijah had to run, and he took refuge on Mount Horeb. Hiding there, he felt that everything was over, to the point of begging: “Enough now, Lord! Take my life.” Fear had taken hold of him in the face of Jezebel’s persecution.
But God shows him His closeness and His power in the simplest way: not in thunder, not in a great roar, but in a “breeze,” a gentle wind that seems like nothing — and yet it is enough for Elijah to perceive it.
The disciples have a similar experience. When they see Jesus coming across the water, their first thought is, “It’s a ghost!” Often it is the same for us: a ghost, something with no substance to it, nothing to face life with, nothing to face our fears with. And, as with Elijah, it seems the only way out is to die.
Jesus says, “Take courage; it is I—do not be afraid!” And Peter, already used to his friend’s surprises, answers Him: “If it is You, command me to come to You on the water.” Jesus responds to Peter’s request and shows him His kindness: “Come!”—to assure him that it really is Him. But what so often happens to us happens to Peter too: we get scared the moment a slight breeze picks up. “The wind was strong, and he was afraid.” He begins to sink and realizes his own fragility — like Elijah, who had triumphed over the prophets of Baal and then felt the full weight of his fragility the moment his life was at risk. Peter, too, when the wind picks up, feels fragile, because there is nothing he can do, and fear overwhelms him. So he cries out: “Lord, save me!”
Jesus reveals Himself to each of us, just as He did to them, through all of life’s challenges: not alongside life, but inside life itself — in the challenges, in the fear, in everything that makes us doubt. His whole passion for us is to help us understand that He is not a ghost, but a Presence so real that with Him we can overcome fear in whatever situation we find ourselves. It is as if, every time, He were saying to us: “Why are you so anxious? I am here. I am not a ghost. It is I—I am with you.”
This is the path God takes with everyone He calls, just as He did with Elijah. It is the same path Jesus took with the disciples, and the same one He takes with us. Otherwise, doubt wins out. And right there, when doubt sets in, Jesus appears, reaches out His hand, takes hold of him, and says, “You of little faith, why did you doubt?” That line sounds like nothing more than a rebuke, but it is something else entirely: it is an act of tenderness. “Why do you doubt? Haven’t you already seen Me triumph so many times before? Why don’t you have faith? Why don’t you trust Me? Why don’t you recognize Me?” At that point, “as soon as they got into the boat, the wind died down.” And everyone was amazed: “Truly, You are the Son of God!”
What had enabled Peter to walk on the water in such a stormy sea? He had not taken his eyes off Jesus. The whole point of life is not to become people who need no one, so powerful that they are self-sufficient and independent. All our strength lies in Peter’s example: not taking our eyes off the Presence that sustains us. And not because hard circumstances go away — the wind may rise, anything can happen, even persecution, as with Elijah. But it is precisely inside everything we are not spared that He reveals Himself and convinces us, bringing us to the certainty that He is no ghost. It may happen to us as it did to them, but all of it is only so that we, like them, may recognize Him again, and come out of any situation, any challenge, with a stronger certainty: “Truly, You are the Son of God!”
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Más allá del miedo
Julián Carrón
El profeta Elías había derrotado a los sacerdotes de Baal, por lo que había obtenido un éxito rotundo, pero precisamente por eso la reina Jezabel le jura venganza y quiere darle muerte; así pues, Elías se ve obligado a huir y se refugia en el monte Horeb. Allí, escondido, parece que todo ha terminado, hasta el punto de que implora: «¡Ya basta, Señor! Toma mi vida». ¡Porque el miedo se ha apoderado de él ante la persecución de Jezabel!
Pero Dios le muestra su cercanía y su poder de una forma sencilla: no en el trueno, ni en el estruendo, sino simplemente en la «brisa», un viento suave que parece insignificante, y sin embargo es suficiente para que Elías pueda percibirlo.
También los discípulos viven una experiencia similar, pues cuando ven a Jesús venir sobre las aguas piensan de inmediato: «¡Es un fantasma!». A menudo nos pasa lo mismo: es un fantasma, algo que carece de consistencia para afrontar la vida, para hacer frente a los miedos. Y, al igual que a Elías, parece que la única solución es morir.
Pedro, que ya estaba acostumbrado a las sorpresas de su amigo, le pregunta: «Si eres tú, mándame que vaya hacia ti sobre las aguas», después de haber oído: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Jesús responde a la petición de Pedro, mostrándole su benevolencia: «¡Ven!», para asegurarle que es precisamente él. Pero, como nos suele pasar a nosotros, que nos asustamos en cuanto se levanta una brisita, lo mismo le ocurre a Pedro: «El viento soplaba fuerte, y se asustó». Empieza a hundirse y se da cuenta de su propia fragilidad. Como Elías, que había vencido rotundamente a los profetas de Baal, pero que enseguida percibió toda su fragilidad ante el riesgo de ser asesinado. También Pedro, cuando se levanta el viento, se siente frágil porque no puede hacer nada y el miedo se apodera de él, por lo que grita: «¡Señor, sálvame!».
Jesús se revela a cada uno de nosotros, como a ellos, a través de todos los retos de la vida: no al margen de la vida, sino en la vida misma, en los retos, en el miedo, en todo aquello que nos hace dudar. Toda su pasión por nosotros consiste en hacernos comprender que no es un fantasma, sino una presencia tan real que, con Él, podemos vencer el miedo en cualquier situación en la que nos encontremos. Es como si, cada vez, nos dijera: «¿Por qué te agitas? Estoy aquí, no soy un fantasma, soy yo, soy yo contigo».
Este camino es el que recorre Dios con cualquiera a quien llama, como hizo con Elías; es el mismo que Jesús recorrió con los discípulos y que recorre con nosotros. De lo contrario, la duda prevalece. Y precisamente ahí, cuando prevalece, Jesús aparece, le tiende la mano, lo agarra y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?». Esta expresión, que parece solo una reprimenda, es mucho más, es una muestra de ternura: «¿Por qué dudas? ¿Acaso no me has visto vencer en tantas otras ocasiones? ¿Por qué no tienes fe? ¿Por qué no te confías? ¿Por qué no me reconoces?». En ese momento, «apenas subieron a la barca, el viento cesó». Y todos se quedaron asombrados: «¡De verdad que eres el Hijo de Dios!».
¿Qué le había permitido a Pedro caminar sobre las aguas en un mar tan agitado? El hecho de no haber apartado la mirada de Jesús. El sentido de la vida no consiste en convertirnos en personas que no necesitan a nadie, que son tan poderosas que se bastan a sí mismas, que son autónomas. Toda nuestra fuerza es la de Pedro: no apartar la mirada de esa Presencia que lo sostiene. Y no es que no haya circunstancias adversas: se levanta el viento, puede pasar de todo, incluso la persecución, como le ocurrió a Elías. Pero es precisamente en medio de todo aquello que no se nos ahorra donde Él se revela y nos convence, lo que nos lleva a la certeza de que no es un fantasma. Nos puede pasar lo mismo que a ellos, pero todo esto es solo para que podamos, una vez más, como ellos, reconocerlo, y salir de cualquier situación, de cualquier desafío, con una certeza más poderosa: «¡De verdad que eres el Hijo de Dios!».
XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Año A
Apuntes de la homilía de don Julián Carrón
9 de agosto de 2026
(Primera lectura: 1 Re 19,9a.11-13a; Salmo 84 (85); Segunda lectura: Rom 9,1-5; Evangelio: Mt 14,22-33)
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Au-delà de la peur
Julián Carrón
Le prophète Élie avait vaincu les prêtres de Baal, remportant ainsi un succès retentissant, mais c’est précisément pour cette raison que la reine Jézabel lui jure vengeance et veut le mettre à mort ; Élie est donc contraint de fuir et se réfugie sur le mont Horeb. C’est là, caché, qu’il a l’impression que tout est fini, au point qu’il implore : « Ça suffit, Seigneur ! Prends ma vie ». Car la peur s’est emparée de lui face à la persécution de Jézabel !
Mais Dieu lui montre sa proximité et sa puissance de manière simple : non pas dans le tonnerre, ni dans un bruit assourdissant, mais simplement dans la « brise », un vent léger qui semble insignifiant, et pourtant suffisant pour qu’Élie puisse le percevoir.
Les disciples font eux aussi une expérience similaire, car lorsqu’ils voient Jésus venir sur les eaux, ils pensent aussitôt : « C’est un fantôme ! ». C’est souvent ainsi pour nous aussi : c’est un fantôme, quelque chose qui n’a pas assez de substance pour affronter la vie, pour affronter les peurs. Et, comme pour Élie, il semble que la seule solution soit de mourir.
Pierre, qui était déjà habitué aux surprises de son ami, lui demande : « Si c’est toi, ordonne-moi de venir vers toi sur les eaux », après avoir entendu : « Courage, c’est moi, n’ayez pas peur ! ». Jésus répond à la demande de Pierre, lui montrant sa bienveillance : « Viens ! », pour lui assurer que c’est bien lui. Mais, comme cela nous arrive souvent, nous qui prenons peur dès qu’une petite brise se lève, il en va de même pour Pierre : « Le vent soufflait fort, il prit peur ». Il commence à couler et prend conscience de sa fragilité. À l’instar d’Élie, qui a remporté une victoire écrasante sur les prophètes de Baal, mais qui perçoit aussitôt toute sa fragilité face au risque d’être tué. Pierre aussi, lorsque le vent se lève, se sent fragile car il ne peut rien faire et la peur l’envahit ; alors il s’écrie : « Seigneur, sauve-moi ! ».
Jésus se révèle à chacun de nous, comme à eux, à travers tous les défis de la vie : non pas à côté de la vie, mais au cœur même de la vie, dans les épreuves, dans la peur, dans tout ce qui nous fait douter. Toute sa passion pour nous consiste à nous faire comprendre qu’il n’est pas un fantôme, mais une présence si réelle qu’avec lui, nous pouvons vaincre la peur quelle que soit la situation dans laquelle nous nous trouvons. C’est comme si, à chaque fois, il nous disait : « Pourquoi t’agites-tu ? Je suis là, je ne suis pas un fantôme, c’est moi, c’est moi avec toi ».
Ce chemin, c’est celui que Dieu parcourt avec tous ceux qu’il appelle, comme il l’a fait avec Élie ; c’est le même que Jésus a parcouru avec les disciples et qu’il parcourt avec nous. Sinon, le doute l’emporte. Et c’est précisément là, quand le doute l’emporte, que Jésus apparaît, lui tend la main, le saisit et dit : « Homme de peu de foi, pourquoi as-tu douté ? ». Cette expression, qui semble n’être qu’un reproche, est bien plus que cela, c’est une preuve de tendresse : « Pourquoi doutes-tu ? Ne m’as-tu pas déjà vu vaincre à tant d’autres occasions ? Pourquoi n’as-tu pas la foi ? Pourquoi ne te confies-tu pas à moi ? Pourquoi ne me reconnais-tu pas ? ». À ce moment-là, « dès qu’ils furent montés dans la barque, le vent tomba ». Et tous restèrent stupéfaits : « Vraiment, tu es le Fils de Dieu ! ».
Qu’est-ce qui avait permis à Pierre de marcher sur les eaux d’une mer si agitée ? Le fait de ne pas avoir détourné son regard de Jésus. Le sens même de la vie n’est pas de devenir des personnes qui n’ont besoin de personne, qui sont si puissantes qu’elles sont autosuffisantes, autonomes. Toute notre force est celle de Pierre : ne pas détourner le regard de cette Présence qui le soutient. Et ce n’est pas parce que les circonstances défavorables n’existent pas : le vent se lève, tout peut arriver, même la persécution, comme pour Élie. Mais c’est précisément au cœur de tout ce qui ne nous est pas épargné qu’Il se révèle et nous convainc, qu’Il nous conduit à la certitude qu’Il n’est pas un fantôme. Cela pourra nous arriver comme à eux, mais tout cela n’a d’autre but que de nous permettre, une fois encore, comme eux, de Le reconnaître, et de sortir de n’importe quelle situation, de n’importe quel défi, avec une certitude plus puissante : « Tu es vraiment le Fils de Dieu ! ».
XIXe dimanche du temps ordinaire – Année A
Notes tirées de l’homélie de don Julián Carrón
9 août 2026
(Première lecture : 1 R 19, 9a.11-13a ; Psaume 84 (85) ; Deuxième lecture : Rm 9, 1-5 ; Évangile : Mt 14, 22-33)