God Never Abandons His Vineyard
“The Kingdom shines in their lives with such beauty that it awakens in us the desire to live it. God never abandons His vineyard.”
Julián Carrón - God keeps sending witnesses to His vineyard. The question is how we welcome them.
Today’s liturgy opens with a reading from the prophet Isaiah, who sings a love song: “Let me now sing of my friend, my friend’s song concerning his vineyard.” With tenderness, he describes God’s care for His people: “My friend had a vineyard on a fertile hillside; he spaded it, cleared it of stones, and planted the choicest vines; within it he built a watchtower, and hewed out a wine press.”
Every gesture reveals exquisite devotion. God does not choose a plot of land at random, nor does He shy away from hard work. He removes the stones one by one, plants the finest vines, builds a watchtower to guard the vineyard, and hews out a wine press in anticipation of the harvest. This is how God loved Israel.
But the vineyard’s response is disappointing: “Then he looked for the crop of grapes, but what it yielded was wild grapes.” Then God calls on the people themselves to judge: “What more was there to do for my vineyard that I had not done?”
Jesus takes up this image—familiar to every Israelite, because it describes what God has done with His people—and addresses it to “the chief priests and the elders of the people.” The landowner plants the vineyard, puts a hedge around it, digs a wine press, and builds a tower: the very same actions Isaiah describes. Then he leases it to tenants and goes on a journey.
When vintage time draws near, the landowner sends his servants. “But the tenants seized the servants and one they beat, another they killed, and a third they stoned.” He sends others, more numerous than the first, and they are treated the same way. This is the story of the prophets, sent to the people—to the vineyard—generation after generation, and rejected one after another. In the end, the landowner makes a gesture that, from a human perspective, seems almost naive: “Finally, he sent his son to them, thinking, ‘They will respect my son.’” This is God’s logic: He does not respond to rejection with violence, but with an even greater gift. The tenants, however, reason quite differently: “This is the heir. Come, let us kill him and acquire his inheritance.” And they throw him out of the vineyard and kill him, just as Jesus Himself would die outside the walls of Jerusalem.
Then Jesus asks the leaders, “What will the owner of the vineyard do to those tenants when he comes?” His listeners reply confidently: “He will put those wretched men to a wretched death and lease his vineyard to other tenants who will give him the produce at the proper times.” Without realizing it, the leaders have pronounced their own condemnation.
It is enough for Jesus to draw the conclusion: “Therefore, I say to you, the kingdom of God will be taken away from you and given to a people that will produce its fruit.”
That people, to whom the Kingdom rejected by others has been given, is us—the Church. But this is not a privilege to be jealously guarded, as if the word now concerned only others. The Kingdom is entrusted to us on the same condition: that it bear fruit. And God continues to do with us what He did with Israel: He sends His servants. They are the saints—both those who have been canonized and those “next door,” as Pope Francis called them—through whom God constantly seeks to draw to Himself each person He calls. The Kingdom shines in their lives with such beauty that it awakens in us the desire to live it. God never abandons His vineyard.
We, too, are surrounded by people through whom God cares for us and calls us. The question posed by the parable then becomes our own: what kind of welcome do we give those whom God raises up among us today to bear witness to the newness of His Kingdom? We can ignore them and silence them, as the tenants did with the landowner’s servants, because they disturb us. Or we can let ourselves be challenged by them. If we reject them, Jesus’ words apply to us today as well: the Kingdom is taken away from us. If, on the other hand, we welcome them, our lives will bear fruit in abundance.
Let us not be mistaken: God does not punish. Those who do not open themselves to the ever-new ways in which He comes to meet us punish themselves, leading a barren, dull, and fruitless life, because “without me you can do nothing” (Jn 15:5). God’s method does not change. Driven by His passion for us, He never ceases to send witnesses—His servants—as He did with Saint Francis, to whom He said, “Go and repair my house,” as a sign to draw everyone in and rebuild the Church of his time—that is, to awaken us from the lethargy in which we often live our faith. But only those who welcome these signs, these witnesses, and respond to their call will see their own lives blossom and bear fruit.
27th Sunday in Ordinary Time – Year A - October 4, 2026
(First Reading: Is 5:1–7; Psalm 80; Second Reading: Phil 4:6–9; Gospel: Mt 21:33–43)
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Dios nunca abandona su viña
Julián CarrónXXVII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A
4 de octubre de 2026
(Primera lectura: Is 5,1-7; Salmo 79 (80); Segunda lectura: Flp 4,6-9; Evangelio: Mt 21,33-43)
La liturgia de hoy comienza con la lectura del profeta Isaías, que entona un canto de amor: «Quiero cantar para mi amado mi canto de amor por su viña». Con ternura describe el cuidado de Dios por su pueblo: «Mi amado tenía una viña en una colina fértil. La había labrado y limpiado de piedras, y había plantado en ella vides de gran calidad; en medio había construido una torre y también había cavado un lagar».
Cada gesto revela un cariño exquisito. Dios no elige un terreno al azar ni se echa atrás ante el esfuerzo. Retira las piedras una a una, planta las mejores vides, construye una torre para custodiar la viña y cava un lagar a la espera de la vendimia. Así ha amado Dios a Israel.
Pero la respuesta de la viña es decepcionante: «Esperaba que diera uvas; en cambio, dio uvas verdes». Entonces Dios llama al propio pueblo a juzgar: «¿Qué más debía hacer por mi viña que no haya hecho?».
Jesús retoma esta imagen, familiar para todo israelita porque es la descripción de lo que Dios ha hecho con su pueblo, y se dirige «a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo». El dueño planta la viña, la rodea con un seto, excava el lagar y construye la torre: son los mismos gestos descritos por Isaías. Luego se la confía a los labradores y se marcha lejos.
Cuando llega el tiempo de la cosecha, el dueño envía a sus siervos. «Pero los labradores se apoderaron de los siervos: a uno lo golpearon con palos, a otro lo mataron y a otro más lo apedrearon». Envía a otros, más numerosos que los primeros, y también a ellos los tratan de la misma manera. Es la historia de los profetas, enviados de generación en generación al pueblo, a la viña, y rechazados uno tras otro. Al final, el dueño hace un gesto que, desde un punto de vista humano, parece casi ingenuo: «Por último, les envió a su propio hijo diciendo: “¡A mi hijo le respetarán!”». Esta es la lógica de Dios: ante el rechazo, no responde con violencia, sino con un don aún mayor. Los labradores, en cambio, razonan de manera muy distinta: «Este es el heredero. ¡Vamos, matémoslo y nos quedaremos con su herencia!». Y lo echan de la viña y lo matan, igual que el propio Jesús morirá fuera de las murallas de Jerusalén.
Entonces Jesús pregunta a los dirigentes: «Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con esos labradores?». Sus interlocutores responden con seguridad: «A esos malvados los hará morir miserablemente y arrendará la viña a otros labradores, que le entregarán los frutos a su debido tiempo». Sin darse cuenta, los dirigentes han dictado su propia condena. A Jesús le basta con sacar la conclusión: «Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Ese pueblo al que se le ha dado el Reino que otros rechazaron somos nosotros, la Iglesia. Pero no se trata de un privilegio que debamos custodiar celosamente, como si la palabra se refiriera ya solo a los demás. El Reino nos ha sido confiado con la misma condición: que dé sus frutos. Y Dios sigue haciendo con nosotros lo que hizo con Israel: envía a sus siervos. Son los santos —tanto los canonizados como los «de al lado», como los llamaba el papa Francisco—, a través de los cuales Dios quiere atraer constantemente hacia sí a cada uno de los que llama. El Reino resplandece en sus vidas con tal belleza que despierta en nosotros el deseo de vivirlo. Dios nunca abandona su viña.
También nosotros tenemos a nuestro alrededor personas a través de las cuales Dios cuida de nosotros y nos llama. La pregunta de la parábola se convierte entonces en la nuestra: ¿qué acogida reservamos a aquellos a quienes Dios suscita hoy entre nosotros para dar testimonio de la novedad de su Reino? Podemos ignorarlos y silenciarlos, como hicieron los labradores con los siervos, porque nos molestan. O bien podemos dejarnos interpelar por ellos. Si los rechazamos, la palabra de Jesús se aplica también a nosotros hoy: se nos quita el Reino. Si, en cambio, los acogemos, nuestra vida dará fruto en abundancia.
No nos confundamos: Dios no castiga. Quien no se abre a la forma siempre nueva con la que Él viene a nuestro encuentro se castiga a sí mismo, llevando una vida estéril, monótona y sin fruto, porque «sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El método de Dios no cambia. Movido por su pasión por nosotros, los hombres, nunca deja de enviar testigos, sus siervos, como hizo con san Francisco, a quien dijo: «Ve y repara mi casa», como signo para atraer a todos y reconstruir la Iglesia de su tiempo, es decir, para despertarnos del letargo en el que a menudo vivimos nuestra fe. Pero solo quien acoge estos signos, estos testigos, y responde a su llamada ve cómo su vida florece y da fruto.
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Dieu n’abandonne pas sa vigne.
Julián Carrón
La liturgie d’aujourd’hui s’ouvre sur la lecture du prophète Isaïe, qui chante un hymne d’amour : « Je veux chanter pour mon bien-aimé mon cantique d’amour pour sa vigne ». Avec tendresse, il décrit l’attention que Dieu porte à son peuple : « Mon bien-aimé possédait une vigne sur une colline fertile. Il l’avait labourée et débarrassée de ses pierres, et y avait planté des vignes de choix ; au milieu, il avait construit une tour et creusé aussi une cuve ».
Chaque geste révèle une prédilection exquise. Dieu ne choisit pas un terrain au hasard et ne recule pas devant la fatigue. Il enlève les pierres une à une, plante les meilleurs ceps, construit une tour pour garder la vigne et creuse une cuve en attendant les vendanges. C’est ainsi que Dieu a aimé Israël.
Mais la réponse de la vigne est décevante : « Il s’attendait à ce qu’elle produise du raisin ; mais elle a produit des grappes vertes. » Puis Dieu invite le peuple lui-même à juger : « Qu’aurais-je pu faire de plus pour ma vigne que je n’aie pas fait ? ».
Jésus reprend cette image, familière à tout Israélite, car elle décrit ce que Dieu a fait avec son peuple, et s’adresse « aux chefs des prêtres et aux anciens du peuple ». Le maître plante la vigne, l’entoure d’une haie, comme nous l’avons vu, creuse le pressoir, construit la tour : ce sont les mêmes gestes que ceux décrits par Isaïe. Puis il la confie aux vignerons et s’en va au loin.
Lorsque vient le temps des fruits, le maître envoie ses serviteurs. « Mais les vignerons se saisirent des serviteurs : ils en battirent un, en tuèrent un autre, et en lapidèrent un autre encore. » Il en envoie d’autres, plus nombreux que les premiers, et eux aussi sont traités de la même manière. C’est l’histoire des prophètes, envoyés de génération en génération vers le peuple, vers la vigne, et rejetés les uns après les autres. Finalement, le propriétaire fait un geste qui, d’un point de vue humain, semble presque naïf : « En dernier lieu, il leur envoya son propre fils en disant : “Ils respecteront mon fils !” ». Telle est la logique de Dieu : face au rejet, il ne répond pas par la violence, mais par un don encore plus grand. Les vignerons, en revanche, raisonnent tout autrement : « C’est l’héritier. Allons, tuons-le et nous aurons son héritage ! ». Et ils le chassent hors de la vigne et le tuent, tout comme Jésus lui-même mourra hors des murs de Jérusalem.
Jésus demande alors aux chefs : « Quand viendra donc le maître de la vigne, que fera-t-il à ces vignerons ? ». Ses interlocuteurs répondent avec assurance : « Ces méchants, il les fera mourir misérablement et louera la vigne à d’autres vignerons, qui lui remettront les fruits en temps voulu ». Sans s’en rendre compte, les chefs ont prononcé leur propre condamnation. Il suffit à Jésus d’en tirer la conclusion : « C’est pourquoi je vous le dis : le Royaume de Dieu vous sera enlevé et sera donné à un peuple qui en produira les fruits ».
Ce peuple à qui ce Royaume a été donné, mais qui l’a refusé, c’est nous, l’Église. Mais il ne s’agit pas d’un privilège à garder jalousement, comme si cette parole ne concernait désormais plus que les autres.
Le Royaume nous est confié à la même condition : pour qu’il porte ses fruits. Et Dieu continue de faire avec nous ce qu’il a fait avec Israël : il envoie ses serviteurs. Ce sont les saints – tant ceux qui ont été canonisés que ceux « d’à côté », comme les appelait le pape François – par lesquels Dieu veut sans cesse attirer à Lui chacun de ceux qu’il appelle. Le Royaume resplendit dans leur vie d’une telle beauté qu’il réveille en nous le désir de le vivre. Dieu n’abandonne jamais sa vigne.
Nous aussi, nous avons autour de nous des personnes par lesquelles Dieu prend soin de nous et nous appelle. La question de la parabole devient alors la nôtre : quel accueil réservons-nous à ceux que Dieu suscite aujourd’hui parmi nous pour nous témoigner la nouveauté de son Royaume ? Nous pouvons les ignorer et les faire taire, comme les vignerons l’ont fait avec les serviteurs, parce qu’ils nous dérangent. Ou bien nous pouvons nous laisser interpeller par eux. Si nous les refusons, la parole de Jésus s’applique aussi à nous aujourd’hui : le Royaume nous est enlevé. Si, au contraire, nous les accueillons, notre vie portera des fruits en abondance.
Ne nous y trompons pas : Dieu ne punit pas. Celui qui ne s’ouvre pas à la manière toujours nouvelle dont Il vient à notre rencontre se punit lui-même, en menant une vie stérile, plate et sans fruits, car « sans moi, vous ne pouvez rien faire » (Jn 15, 5). La méthode de Dieu ne change pas. Poussé par Sa passion pour nous, les hommes, Il ne cesse jamais d’envoyer des témoins, Ses serviteurs, comme Il l’a fait avec saint François, à qui Il a dit : « Va et répare ma maison », comme un signe pour attirer tout le monde et reconstruire l’Église de son temps, c’est-à-dire pour nous réveiller de la torpeur dans laquelle nous vivons souvent notre foi. Mais seuls ceux qui accueillent ces signes, ces témoins, et se laissent gagner par leur attrait, voient leur vie s’épanouir et porter du fruit.
XXVIIe dimanche du temps ordinaire – Année A
Notes tirées de l’homélie de don Julián Carrón
4 octobre 2026
(Première lecture : Is 5,1-7 ; Psaume 79 (80) ; Deuxième lecture : Ph 4,6-9 ; Évangile : Mt 21,33-43)