I Was Blind and Now I See
“Those who have encountered Christ carry with them something no argument can erase, no narrative can defeat.”
Julián Carrón - What no argument can erase: a man's unassailable loyalty to his own experience.
"Since the beginning of time, no one has ever heard of a man blind from birth regaining his sight." That sentence was the cage within which that man had learned to live. Not out of resignation — out of realism. That was simply the way things were. Obvious to everyone. So every morning he had one option: go out and beg. That morning was no different. It was his life; he had no reason to expect anything else.
Jesus passes by and sees him. To Jesus, this man is not invisible — as he was to so many who walked past. Jesus sees him and acts: he spits on the ground, makes mud, smears it on the man's eyes, and tells him, "Go wash in the pool of Siloam." The blind man could have stayed where he was; no one would have blamed him. Who could believe — having never heard of a man born blind recovering his sight — that this was truly the moment of change?
And yet: "He went, washed, and returned seeing."
You would expect celebration, joy, a warm welcome. Instead, a long interrogation begins. The neighbors can't accept it: "It's not him." "He looks like him." He keeps insisting: "It's me!" They bring him to the Pharisees, who argue among themselves and declare of Jesus: "This man does not come from God, because he does not observe the Sabbath." But then — "how can he perform these miracles?" They summon his parents. The parents confirm that this is their son and that he was born blind, but they deflect out of fear: "Ask him; he's old enough." They go back to questioning the son.
The healed man answers with a simplicity that disarms every attempt at sophistication: "Whether he is a sinner, I do not know. One thing I know: before I was blind, and now I see."
Here is the heart of everything. He does not argue. He offers no theology. He does not address the Sabbath objection. He does not debate who Jesus is. He says only: "Before I could not see, now I see." "It happened. I was there. I know." This loyalty to his own experience is unassailable — because it is not a thesis. It is a lived fact. No external narrative, however insistent or authoritative, can dislodge him from that ground.
From this fact, the path begins. He comes to recognize the one who healed him. At first he speaks of "that man called Jesus." Then, pressed by the Pharisees, he says: "He is a prophet!" This is not an intellectual journey. It is a recognition that deepens as reality becomes clearer. Each step is supported by the one before it: "I know that before I could not see, and now I see — I can follow that thread. I won't get confused. I won't be distracted. I won't change my approach." This is not a matter of moral resolve or psychological strength. It is the evidence of An Event that speaks for itself. Those who have encountered Christ — even briefly, even in a preliminary way — carry with them something no argument can erase, no narrative can defeat.
This Gospel has everything to say to our present moment. We live in an age where media, social media, and competing ideologies produce conflicting narratives without ceasing. Each claims to explain reality better than the others. Each has its slogans, its authorities, its mechanisms of social pressure. Those who do not conform are marginalized, mocked, and viewed with suspicion — just like the healed blind man who, in the end, is driven out of the synagogue.
What keeps a person standing in this context? Not strength of character. Not willpower. Not an ideological system. A person is sustained solely by experience — by the simplicity with which The I adheres to that experience. "The strength of a person lies in the intensity of his self-awareness" (L. Giussani). Is there in our lives an experience of Christ — perhaps small, perhaps imperfect — that is nonetheless ours, real, and that no one can take away from us?
The Gospel ends with a beautiful gesture. Jesus finds the man again. He had healed him and left him to face the interrogation, the pressure, and the expulsion alone. He knew that the evidence of the experience would be enough. When he finds him, Jesus does not waste the moment — he wants to bring him all the way to the end of the journey that began with the healing. He does not want him to miss the best part.
"Jesus knew that they had driven him out; when he found him, he said to him, 'Do you believe in the Son of Man?' He replied, 'And who is he, Lord, that I may believe in him?'"
Jesus' answer — "You have seen him; he is the one speaking with you" — explained everything that had happened to him better than any other story could. It explained reality more fully than any idea the man had ever entertained. And so his recognition of what had happened reaches its peak: "I believe, Lord! And he fell down."
IV Sunday of Lent - Year A
Notes from the homily by Fr. Julián Carrón March 15 , 2026
(First Reading: 1 Sam 16:1b, 4, 6–7, 10–13; Psalm: 22 (23); Second Reading: Eph 5:8–14; Gospel: Jn 9:1–41)
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Era ciego y ahora veo. Julián Carrón.
«Desde que el mundo es mundo, nunca se ha oído decir que un ciego de nacimiento pueda recuperar la vista». Esa frase era la jaula en la que aquel hombre había aprendido a vivir. No por resignación, sino por realismo: así eran las cosas. Una evidencia, para todos. Cada mañana, por tanto, tenía una única perspectiva: ir a pedir limosna. También aquella mañana se habrá levantado con la misma determinación. Era su vida, no había motivo para esperar otra cosa.
Jesús pasa y lo ve. Para él, aquel hombre no era invisible, como lo era para tantos que pasaban a su lado. Jesús lo ve e interviene: escupe en el suelo, hace barro y se lo unta en los ojos, luego le dice: «Ve a lavarte al estanque de Siloé».
El ciego podría haberse quedado quieto, nadie se lo habría reprochado. ¿Quién podía creer, si nunca había oído decir que un ciego de nacimiento volviera a ver, que ese fuera realmente el momento del cambio?
Sin embargo, «él fue, se lavó y volvió viendo».
Cabría esperar una fiesta, alegría y una buena acogida. En cambio, comienza un largo interrogatorio. Los vecinos no se lo pueden creer: «No es él», «se le parece». Pero él repite: «¡Soy yo!». Lo llevan ante los fariseos, que comienzan a discutir entre ellos y dicen de Jesús: «Este hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Pero entonces, «¿cómo puede hacer estos prodigios?». Llaman a los padres, y los padres confirman que ese es su hijo y que nació ciego, pero se escuden por miedo: «Pregúntenselo a él, ya tiene edad». Reanudan el interrogatorio sobre el hijo.
Y el ciego curado responde con una sencillez que desarma toda sofisticación: «Si soy pecador, no lo sé. Una cosa sé: antes era ciego y ahora veo».
Aquí está el meollo de todo. No argumenta, no elabora ninguna teología y no aborda las objeciones sobre el sábado. No discute sobre quién es Jesús. Solo dice: «Antes no veía, ahora veo». «Sucedió, yo estaba allí, lo sé». Esta lealtad hacia su propia experiencia es inexpugnable, porque no es una tesis: es un hecho vivido. Ninguna narrativa externa, por muy insistente y autoritaria que sea, logra apartarlo de ahí.
Del hecho parte el camino que le lleva a reconocer a quien le ha curado. Al principio habla de él como «ese hombre que se llama Jesús». Luego, presionado por los fariseos, dice: «¡Es un profeta!». No es un recorrido intelectual, es un reconocimiento que se profundiza a medida que la realidad se vuelve más transparente. Cada etapa se sustenta en la experiencia anterior: «Sé que antes no veía y ahora veo, puedo seguir el hilo. No me confundo, no me dejo distraer, no cambio de método». No se trata de una energía moral ni de una fortaleza psicológica, se trata de la evidencia de una experiencia que habla por sí misma. Quien ha encontrado a Cristo —aunque sea solo por un momento, aunque sea de manera inicial— lleva consigo algo que ninguna discusión puede borrar, ninguna narrativa puede derrotar.
Este Evangelio tiene mucho que decirnos sobre nuestra situación actual. Vivimos en una época en la que los medios de comunicación, las redes sociales y las ideologías producen continuamente narrativas contradictorias. Cada una pretende explicar la realidad mejor que las demás. Cada una tiene sus consignas, sus autoridades, sus mecanismos de presión social. Quien no se adapta es marginado, ridiculizado y mirado con recelo, exactamente como el ciego curado que, al final, es expulsado de la sinagoga.
¿Qué mantiene en pie a una persona en este contexto? No la solidez de carácter, no la fuerza de voluntad, no un sistema ideológico. Solo la mantiene en pie la experiencia, la sencillez con la que ese hombre se adhiere a la experiencia. «La fuerza de un sujeto reside en la intensidad de su autoconciencia» (L. Giussani). ¿Hay en nuestra vida una experiencia de Cristo —quizá pequeña, quizá imperfecta— que, sin embargo, es nuestra, real, y que nadie nos puede quitar?
El Evangelio se cierra con un gesto hermoso: Jesús vuelve a encontrar a ese hombre. Lo había curado y lo había dejado afrontar solo todo el interrogatorio, las presiones y la expulsión. Sabía que la evidencia de la experiencia le bastaría. Cuando lo encuentra, Jesús no desperdicia la ocasión, quiere que él pueda llegar hasta el final del camino iniciado con la curación:
no quiere que se pierda lo mejor. «Jesús supo que lo habían expulsado; cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. Él respondió: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en Él?”».
La respuesta de Jesús —«Tú lo has visto: es aquel que te habla»— explicaba finalmente todo lo que le había sucedido mejor que cualquier otro relato. La respuesta de Jesús explicaba la realidad más que cualquier otra idea que se le hubiera ocurrido, y por eso el reconocimiento de lo que le había sucedido alcanza su punto álgido: «“¡Creo, Señor!”. Y se postró».
IV Domingo de Cuaresma - Año A
Apuntes de la homilía de don Julián Carrón 15 de marzo de 2026
(Primera lectura: 1 Sam 16,1b.4.6-7.10-13; Salmo: 22 (23); Segunda lectura: Ef 5,8-14; Evangelio: Jn 9,1-41)
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Ero cieco e ora ci vedo. Julián Carrón.
“Da che mondo è mondo, non si è mai sentito dire che un cieco dalla nascita possa riacquistare la vista”. Questa frase era la gabbia entro cui quell’uomo aveva imparato a vivere. Non per rassegnazione, ma per realismo: era così. Un’evidenza, per tutti. Ogni mattina, dunque, aveva una sola prospettiva: andare a chiedere l’elemosina. Anche quella mattina, si sarà alzato con la stessa decisione. Era la sua vita, non c’era motivo di aspettarsi altrimenti.
Gesù passa, e lo vede. Per lui quell’uomo non era invisibile, come per tanti che gli passavano accanto. Gesù lo vede e interviene: sputa per terra, fa del fango e glielo spalma sugli occhi, poi gli dice: «Va’ a lavarti nella piscina di Siloe». Il cieco avrebbe potuto restarsene fermo, nessuno gliene avrebbe fatto una colpa. Chi poteva credere, se non si era mai sentito dire che un cieco nato tornasse a vedere, che quello fosse davvero il momento del cambiamento?
Eppure, «quegli andò, si lavò e tornò che ci vedeva».
Ci si aspetterebbe una festa, gioia e accoglienza. Invece, inizia una lunga inquisizione. I vicini non riescono a crederci: «Non è lui», «gli assomiglia». Ma lui ripete: «Sono io!». Lo portano dai farisei, che cominciano a discutere fra loro, e dicono di Gesù: «Quest’uomo non viene da Dio, perché non osserva il sabato». Ma allora, «come può compiere questi prodigi?». Chiamano i genitori, e i genitori confermano che quello è loro figlio e che è nato cieco, ma si schermiscono per paura: «Chiedetelo a lui, ha l’età». Rilanciano l’interrogatorio sul figlio.
E il cieco guarito risponde con una semplicità che disarma ogni sofisticazione: «Se sia un peccatore, non lo so. Una cosa so: prima ero cieco e ora ci vedo».
È qui il cuore di tutto. Non argomenta, non elabora nessuna teologia e non affronta le obiezioni sul sabato. Non discute su chi sia Gesù. Dice solo: “Prima non vedevo, adesso ci vedo”. “È successo, io c’ero, lo so”. Questa lealtà verso la propria esperienza è inattaccabile, perché non è una tesi: è un fatto vissuto. Nessuna narrativa esterna, per quanto insistente e autorevole, riesce a spostarlo da lì.
Dal fatto comincia la strada che lo porta a riconoscere chi lo ha guarito. All’inizio parla di lui come «quell’uomo che si chiama Gesù». Poi, incalzato dai farisei, dice: «È un profeta!». Non è un percorso intellettuale, è un riconoscimento che si approfondisce man mano che la realtà si fa più trasparente. Ogni tappa è sostenuta dall’esperienza precedente: “So che prima non vedevo e ora ci vedo, posso continuare a seguire il filo. Non mi confondo, non mi lascio distrarre, non cambio metodo”. Non si tratta di un’energia morale o di una tenuta psicologica, si tratta dell’evidenza di un’esperienza che parla da sé. Chi ha incontrato Cristo – anche solo per un momento, anche in modo iniziale – porta con sé qualcosa che nessuna discussione può cancellare, nessuna narrativa può sconfiggere.
Questo Vangelo ha tutto da dire alla nostra situazione attuale. Viviamo in un’epoca in cui i media, i social, le ideologie producono in continuazione narrative contrastanti. Ognuna pretende di spiegare la realtà meglio delle altre. Ognuna ha le sue parole d’ordine, le sue autorità, i suoi meccanismi di pressione sociale. Chi non si adegua viene marginalizzato, deriso e guardato con sospetto, esattamente come il cieco guarito che, alla fine, viene cacciato dalla sinagoga.
Cosa tiene in piedi una persona in questo contesto? Non la solidità del carattere, non la forza di volontà, non un sistema ideologico. La tiene in piedi solo l’esperienza, la semplicità con cui quell’uomo aderisce all’esperienza. «La forza di un soggetto sta nell’intensità della sua autocoscienza» (L. Giussani). C’è nella nostra vita un’esperienza di Cristo – magari piccola, magari imperfetta – che però è nostra, reale, e che nessuno ci può togliere?
Il Vangelo si chiude con un gesto bellissimo: Gesù trova di nuovo quell’uomo. Lo ha guarito e lo ha lasciato affrontare da solo tutto l’interrogatorio, le pressioni e l’espulsione. Sapeva che l’evidenza dell’esperienza gli sarebbe bastata. Quando lo trova, Gesù non spreca l’occasione, vuole che lui possa andare fino in fondo al percorso iniziato con la guarigione:
non vuole che si perda il meglio. «Gesù seppe che l’avevano cacciato fuori; quando lo trovò, gli disse: “Tu credi nel Figlio dell’uomo?”. Egli rispose: “E chi è, Signore, perché io creda in Lui?”».
La risposta di Gesù – «Tu l’hai visto: è colui che parla con te» – spiegava finalmente tutto quello che gli era successo meglio di qualsiasi altra narrativa. La risposta di Gesù spiegava la realtà più di qualsiasi altra idea gli fosse venuta in mente, e per questo il riconoscimento di ciò che gli è accaduto raggiunge il suo vertice: «“Credo, Signore!”. E si prostrò».
IV Domenica di Quaresima - Anno A
Appunti dall’omelia di don Julián Carrón 15 marzo 2026
(Prima lettura: 1Sam 16,1b.4.6-7.10-13; Salmo: 22 (23); Seconda lettura: Ef 5,8-14; Vangelo: Gv 9,1-41)
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J’étais aveugle et maintenant je vois. Julián Carrón.
« Depuis la nuit des temps, on n’a jamais entendu dire qu’un aveugle de naissance puisse recouvrer la vue ». Cette phrase était la cage dans laquelle cet homme avait appris à vivre. Non par résignation, mais par réalisme : c’était ainsi. Une évidence, pour tout le monde. Chaque matin, donc, il n’avait qu’une seule perspective : aller mendier. Ce matin-là aussi, il s’est sans doute levé avec la même résolution. C’était sa vie, il n’y avait aucune raison d’en attendre autrement.
Jésus passe, et il le voit. Pour lui, cet homme n’était pas invisible, comme pour tant d’autres qui passaient à côté de lui. Jésus le voit et intervient : il crache par terre, fait de la boue et la lui étale sur les yeux, puis il lui dit : « Va te laver à la piscine de Siloé ». L’aveugle aurait pu rester là, personne ne lui en aurait voulu. Qui aurait pu croire, s’il n’avait jamais entendu dire qu’un aveugle de naissance avait recouvré la vue, que c’était vraiment le moment du changement ?
Et pourtant, « celui-ci s’en alla, se lava et revint voyant clair ».
On s’attendrait à une fête, à de la joie et à un accueil chaleureux. Au lieu de cela, commence un long interrogatoire. Les voisins n’arrivent pas à y croire : « Ce n’est pas lui », « il lui ressemble ». Mais lui répète : « C’est moi ! ». Ils l’emmènent chez les pharisiens, qui se mettent à discuter entre eux, et disent de Jésus : « Cet homme ne vient pas de Dieu, car il n’observe pas le sabbat ». Mais alors, « comment peut-il accomplir ces prodiges ? ». Ils appellent les parents, et les parents confirment que c’est bien leur fils et qu’il est né aveugle, mais ils se dérobent par crainte : « Demandez-le-lui, il est en âge de répondre ». Ils relancent l’interrogatoire sur leur fils.
Et l’aveugle guéri répond avec une simplicité qui désarme toute sophistication : « Si je suis un pécheur, je ne sais pas. Une chose je sais : avant j’étais aveugle et maintenant je vois. »
C’est là le cœur de tout. Il ne raisonne pas, n’élabore aucune théologie et n’aborde pas les objections sur le sabbat. Il ne discute pas de qui est Jésus. Il dit seulement : « Avant je ne voyais pas, maintenant je vois. » « C’est arrivé, j’étais là, je le sais ». Cette loyauté envers sa propre expérience est inattaquable, car ce n’est pas une thèse : c’est un fait vécu. Aucun récit extérieur, aussi insistant et autoritaire soit-il, ne parvient à le faire dévier de là.
C’est à partir de ce fait que commence le chemin qui le conduit à reconnaître celui qui l’a guéri. Au début, il parle de lui comme de « cet homme qui s’appelle Jésus ». Puis, pressé par les pharisiens, il dit : « C’est un prophète ! ». Ce n’est pas un parcours intellectuel, c’est une reconnaissance qui s’approfondit à mesure que la réalité devient plus transparente. Chaque étape s’appuie sur l’expérience précédente : « Je sais qu’avant je ne voyais pas et maintenant je vois, je peux continuer à suivre le fil. Je ne m’égare pas, je ne me laisse pas distraire, je ne change pas de méthode ». Il ne s’agit pas d’une énergie morale ou d’une force psychologique, il s’agit de l’évidence d’une expérience qui parle d’elle-même. Celui qui a rencontré le Christ – ne serait-ce qu’un instant, même de manière rudimentaire – porte en lui quelque chose qu’aucune discussion ne peut effacer, qu’aucun récit ne peut vaincre.
Cet Évangile a tout à dire sur notre situation actuelle. Nous vivons à une époque où les médias, les réseaux sociaux, les idéologies produisent sans cesse des récits contradictoires. Chacun prétend expliquer la réalité mieux que les autres. Chacun a ses mots d’ordre, ses autorités, ses mécanismes de pression sociale. Celui qui ne s’y conforme pas est marginalisé, raillé et regardé avec suspicion, exactement comme l’aveugle guéri qui, à la fin, est chassé de la synagogue.
Qu’est-ce qui soutient une personne dans ce contexte ? Ce n’est pas la solidité du caractère, ni la force de volonté, ni un système idéologique. Seule l’expérience la soutient, la simplicité avec laquelle cet homme adhère à l’expérience. « La force d’un sujet réside dans l’intensité de sa conscience de soi » (L. Giussani). Y a-t-il dans notre vie une expérience du Christ – peut-être petite, peut-être imparfaite – qui est pourtant la nôtre, réelle, et que personne ne peut nous enlever ?
L’Évangile se termine par un geste magnifique : Jésus retrouve cet homme. Il l’a guéri et l’a laissé affronter seul tout l’interrogatoire, les pressions et l’expulsion. Il savait que l’évidence de l’expérience lui suffirait. Quand il le retrouve, Jésus ne laisse pas passer l’occasion, il veut qu’il puisse aller jusqu’au bout du chemin commencé par la guérison :
il ne veut pas qu’il passe à côté du meilleur. « Jésus savait qu’on l’avait chassé ; quand il le trouva, il lui dit : “Crois-tu au Fils de l’homme ?” Il répondit : “Et qui est-il, Seigneur, pour que je croie en lui ?” ».
La réponse de Jésus – « Tu l’as vu : c’est celui qui te parle » – expliquait enfin tout ce qui lui était arrivé mieux que n’importe quel récit. La réponse de Jésus expliquait la réalité mieux que n’importe quelle autre idée qui lui était venue à l’esprit, et c’est pourquoi la reconnaissance de ce qui lui est arrivé atteint son apogée : « “Je crois, Seigneur !” Et il se prosterna ».
IV Dimanche de Carême - Année A
Notes tirées de l’homélie de don Julián Carrón 15 mars 2026
(Première lecture : 1 S 16,1b.4.6-7.10-13 ; Psaume : 22 (23) ; Deuxième lecture : Ep 5,8-14 ; Évangile : Jn 9,1-41)