A Humanity That Vibrates
“It is not the circumstances that have to change — it is the person living them.”
Julián Carrón - Pentecost is not a memory but the Spirit making what we heard our own life.
Since the start of the liturgical year, we have come a long way. We moved from waiting for salvation in Advent, to the birth of the Lord at Christmas, and then through Lent to his Passion, his death, and his Resurrection. We celebrated it and walked alongside him, step by step, all year long.
And yet, for all that journey, we can still find ourselves ruled by fear in the reality of ordinary life — exactly like the disciples behind locked doors on the day the Lord appeared.
Here a question comes on its own: what has to happen for everything the disciples saw and lived — and us along with them — to reach The I at its deepest point and bring forth a new creature? A creature able to face whatever life brings, from the sheer unbearableness of the everyday to the wrenching situations that knock us flat. What has to happen for the newness Jesus introduced into their lives, and into ours, to actually become part of us?
The answer to that question is the very heart of today’s feast: Pentecost, the feast of the sending of the Holy Spirit, whose mission is to make what the disciples lived in their life with Jesus become their own. We often struggle to take in the reach of what the Spirit does. It seems hard to get hold of. It does not have the concreteness of Christmas, with the child in the manger, or the brightness of Easter, with the risen Christ. By the Spirit’s very nature, we do not know “where it comes from or where it goes” (Jn 3:8). And yet it is so real that we experience it; we recognize it at once, every time we see its effects in someone.
To bring forth a new creature, one shaped entirely by the newness of the presence of Christ, that newness has to reach the person’s very core and make every circumstance new, however heavy it may be. It is not the circumstances that have to change — it is the person living them. This is the newness the Spirit works.
We notice it when we happen to meet someone who, in the flatness of the everyday, gives off a radiance that stops us short. Like the elderly woman who, seeing a young man so bright and so alive, could not hold back the question: “Are you in love?” She had no other way to account for what she was looking at. It never crossed her mind that the spark in his eyes, the gladness coming off him, the thing that astonished her, had its source in the preference of Christ shining in him.
A person will never be won over by Christ unless he feels Christ stirring inside him and sees his own life change in concrete ways. Unless Christ reaches the person and becomes something you can put to the test, he can never be recognized as real. We know Christ is real because we see him shine in the flesh — our own, or someone else’s. And “if our humanity does not vibrate, no religious discourse holds. The only ‘weapon’ of Christianity is the human being who lives as such, who is renewed and lets his renewed humanity blossom into a new social reality” (L. Giussani, “Note for the Second Edition” in C. Martindale, Saints, Jaca Book, Milan 2018, p. 28).
You can see it in the change the Spirit produces in a person. We started from the fear of the apostles, shut in a house because they were afraid of the authorities. Well, a little further on, the Acts of the Apostles tells of an episode that leaves even their opponents speechless. After the healing of the lame man begging at the temple gate, Peter and John are brought before the Sanhedrin. Those learned men, seeing their freedom and their boldness, and realizing they were men with no schooling and no culture, are stunned. Their way of speaking — bold and articulate — could not be explained by any training, because they were unlettered.
The only explanation the Book of Acts can come up with is that these men “had been with Jesus” (Acts 4:13). The plain daring of Peter and John, in such a demanding spot, testifies in the end to the same thing as the healed man standing next to them: the power of the Spirit that has taken hold of them. It is the new way of living together that St. Paul speaks of in the second reading: “Jews or Greeks, slaves or free, we were all given to drink of one Spirit.” And it is the joy that runs all through the Acts of the Apostles: “The disciples were filled with joy and with the Holy Spirit” (Acts 13:52).
Only by watching what happens in us and in others will we come to understand the nature of the Holy Spirit. And then we will also understand the puzzling line Jesus says to his disciples before he leaves: “It is good for you that I go away” — because only then can “the Comforter,” the Spirit, come (cf. Jn 16:7).
In fact, it is only thanks to the Spirit who lives in us that Jesus can show the whole of his newness to those who follow him. Without the Spirit’s power to wake life up and fill it with joy, our existence caves in and goes flat into grayness. Let us ask for the gift of the Holy Spirit, so that we can taste the newness of Christ.
Unrevised notes by the Author.
Pentecost - May 24, 2026
(First Reading: Acts 2:1-11; Psalm 103 (104); Second Reading: 1 Cor 12:3b-7, 12-13; Gospel: Jn 20:19-23)
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Pentecost | Julián Carrón
Desde el comienzo del año litúrgico hemos recorrido un largo camino. Pasamos de la espera de la salvación en el Adviento, al nacimiento del Señor en la Navidad, y luego, a través de la Cuaresma, hasta su Pasión, su muerte y su Resurrección. Lo celebramos y lo acompañamos, paso a paso, durante todo el año.
Y, sin embargo, a pesar de todo ese camino, podemos encontrarnos todavía dominados por el miedo en la realidad de la vida de cada día, igual que los discípulos que estaban a puerta cerrada el día en que aparece el Señor.
Aquí surge espontánea una pregunta: ¿qué tiene que ocurrir para que todo lo que los discípulos vieron y vivieron —y nosotros con ellos— penetre hasta lo más hondo del Yo y haga nacer una criatura nueva? Una criatura capaz de afrontar los desafíos de la vida: desde lo insoportable de lo cotidiano hasta las situaciones dramáticas que nos sacuden. ¿Qué tiene que ocurrir para que esa novedad que Jesús introdujo en su vida y en la nuestra llegue a ser parte de nosotros?
La respuesta a esta pregunta es el corazón mismo de la fiesta de hoy: Pentecostés, la fiesta del envío del Espíritu Santo, cuya misión es hacer que lo que los discípulos vivieron en la convivencia con Jesús llegue a ser suyo. A menudo nos cuesta percibir el alcance de la acción del Espíritu. Parece difícil de asir: no tiene la concreción de la Navidad, con el niño en el pesebre, ni el esplendor de la Pascua, con Cristo resucitado. Por la naturaleza misma del Espíritu, no sabemos «de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y, sin embargo, es tan real que lo experimentamos; lo reconocemos enseguida, cada vez que vemos sus efectos en alguien.
Para hacer nacer una criatura nueva, enteramente determinada por la novedad de la presencia de Cristo, es necesario que esa novedad penetre las entrañas de la persona y haga nueva cualquier circunstancia, por pesada que sea. No son las circunstancias las que tienen que cambiar, sino la persona que las vive. Esta es la novedad que obra el Espíritu.
Lo notamos cuando nos toca encontrar a alguien que, en la banalidad de lo cotidiano, resplandece con una luz radiante que nos golpea.
Como aquella señora mayor que, al ver a un joven tan radiante y lleno de vida, no pudo contenerse y le preguntó: «¿Estás enamorado?». No sabía explicarse de otro modo lo que estaba viendo. No le pasaba por la cabeza que aquel brillo en los ojos del joven, aquella alegría que irradiaba y que la asombraba, tuviera su origen en la preferencia de Cristo, que resplandecía en él.
El hombre nunca se dejará persuadir por Cristo si no lo percibe vibrar dentro de sí y si no ve que su vida cambia de manera concreta. Si Cristo no penetra a la persona y no se vuelve algo que se pueda experimentar, nunca podrá ser reconocido como real. Sabemos que Cristo es real porque lo vemos resplandecer en la carne, la nuestra o la de alguien. Y «si la humanidad no vibra, no hay discurso religioso que se sostenga. La única “arma” del cristianismo es el ser humano que vive como tal, que se renueva y hace florecer su humanidad renovada en una realidad social nueva» (L. Giussani, «Nota para la segunda edición» en C. Martindale, Santos, Jaca Book, Milán 2018, p. 28).
Se ve en el cambio que el Espíritu genera en la persona. Partimos del miedo de los apóstoles, encerrados en una casa por temor a las autoridades. Pues bien, poco más adelante, los Hechos de los Apóstoles cuentan un episodio que deja atónitos incluso a sus adversarios. Después de la curación del cojo que pedía limosna a la puerta del templo, Pedro y Juan son llevados ante el Sanedrín.
Aquellos hombres doctos, viendo su libertad y su audacia, y dándose cuenta de que eran hombres sin instrucción ni cultura, quedan asombrados. Su modo de hablar —audaz y elocuente— no se podía explicar por ninguna preparación, porque eran analfabetos. La única explicación que el libro de los Hechos logra encontrar es que aquellos hombres «habían estado con Jesús» (Hch 4,13).
La ingenua audacia de Pedro y Juan, en una situación tan desafiante, da testimonio, en el fondo, de lo mismo que el hombre curado que está de pie junto a ellos: la potencia del Espíritu que se ha apoderado de ellos. Es la convivencia nueva de la que habla san Pablo en la segunda lectura: «Judíos o griegos, esclavos o libres, todos hemos sido abrevados por un solo Espíritu». Y es la alegría que recorre los Hechos de los Apóstoles: «Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo» (Hch 13,52).
Sólo observando lo que ocurre en nosotros y en los demás podremos comprender la naturaleza del Espíritu Santo. Y entenderemos entonces también la frase enigmática que Jesús dirige a sus discípulos antes de irse: «Os conviene que yo me vaya», porque sólo así podrá venir «el Consolador», el Espíritu (cf. Jn 16,7).
En efecto, sólo gracias al Espíritu que habita en nosotros podrá Jesús revelar toda su novedad a quien lo sigue. Sin su capacidad de despertar la vida, de llenarla de alegría, nuestra existencia se hunde y se aplana en la grisura. Pidamos el don del Espíritu Santo, para poder gustar la novedad de Cristo.
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24 maggio 2026
(Prima lettura: At 2,1-11; Salmo 103 (104); Seconda lettura: 1Cor 12,3b-7.12-13; Vangelo: Gv 20,19-23)
Pentecoste | Julián CarrónDall’inizio dell’Anno liturgico abbiamo percorso un lungo cammino. Siamo passati dall’attesa della salvezza nell’Avvento, alla nascita del Signore nel Natale, per poi attraversare la Quaresima e giungere alla sua Passione, alla sua morte e alla sua Risurrezione. Lo abbiamo celebrato e accompagnato, passo dopo passo, per tutto l’anno.
Eppure, nonostante tutto questo cammino, possiamo ritrovarci ancora dominati dalla paura, nella realtà della vita di ogni giorno, esattamente come i discepoli che erano con le porte chiuse il giorno in cui appare il Signore.
A questo punto, sorge spontanea una domanda: cosa deve accadere, perché tutto ciò che i discepoli hanno visto e vissuto, e noi con loro, penetri nel loro “io” più profondo, generando una creatura nuova? Una creatura capace di affrontare le sfide della vita: dall’insopportabilità del quotidiano, fino alle situazioni drammatiche che ci sconvolgono. Cosa deve accadere perché quella novità che Gesù ha introdotto nella loro vita e nella nostra, diventi parte di noi?
La risposta a questa domanda è il cuore della festa di oggi: la Pentecoste, la festa dell’invio dello Spirito Santo, la cui missione è far diventare loro quello che i discepoli hanno vissuto nella convivenza con Gesù. Spesso noi fatichiamo a percepire la portata dell’azione dello Spirito. Sembra difficile da afferrare: non ha la concretezza del Natale, con il bambino nella mangiatoia, né dello splendore della Pasqua, con Cristo risorto. Per la natura stessa dello Spirito, non sappiamo «da dove viene, né dove va» (Gv 3,8). Eppure, è talmente reale che lo sperimentiamo, riusciamo a riconoscerlo immediatamente, ogni volta che ne vediamo gli effetti in qualcuno.
Per generare una creatura nuova, interamente determinata dalla novità della presenza di Cristo, è necessario che essa penetri le viscere della persona e renda nuova qualsiasi circostanza, per quanto pesante possa essere. Non sono le circostanze a dover cambiare, ma la persona che le vive! È questa la novità che opera lo Spirito.
Lo notiamo quando ci capita di incontrare qualcuno che, nella banalità del quotidiano, risplende di una luce radiosa che ci colpisce. Come un’anziana signora che, vedendo un giovane così radioso e pieno di vita, non riesce a trattenersi e gli chiede: «Ma sei innamorato?». Non riusciva a spiegarsi altrimenti ciò che vedeva. Non le passava per la testa che quel brillio negli occhi del giovane, quella letizia che emanava e che la stupiva, avesse origine dalla preferenza di Cristo, che risplendeva in lui.
L’uomo non si lascerà mai persuadere da Cristo, se non lo percepisce vibrare dentro di sé e se non vede che la sua vita cambia concretamente. Se non penetra la persona e non diventa sperimentabile, non potrà mai essere riconosciuto come reale. Noi sappiamo che Cristo è reale perché lo vediamo risplendere nella carne, nostra o di qualcuno. E «se l’umanità non vibra, non c’è discorso religioso che tenga. L’unica “arma” del cristianesimo è l’essere umano che vive come tale, che si rinnova e fa sbocciare la propria umanità rinnovata in una realtà sociale nuova» (L. Giussani, «Nota per la seconda edizione» in C. Martindale, Santi, Jaca Book, Milano 2018, p. 28).
Lo si evince dal cambiamento che genera nella persona. Siamo partiti dalla paura degli apostoli, chiusi in casa per timore dei giudei. Ebbene, poco più avanti, gli Atti degli Apostoli ci raccontano un episodio che lascia di stucco persino gli avversari. Dopo la guarigione dello storpio che chiede l’elemosina alla porta del tempio, Pietro e Giovanni vengono condotti davanti al Sinedrio: quei dotti, vedendo la loro libertà, la loro audacia, e rendendosi conto che erano uomini senza istruzione né cultura, ne rimangono stupiti. Il loro modo di parlare, audace ed eloquente, non era spiegabile con una preparazione culturale, perché erano analfabeti. L’unica spiegazione che riescono a trovare, dice il libro degli Atti, è che quegli uomini «erano stati con Gesù» (At 4,13). L’ingenua baldanza di Pietro e Giovanni, in una situazione così sfidante, testimonia, in fondo, la stessa cosa dell’uomo guarito che sta in piedi accanto a loro: la potenza dello Spirito che li ha investiti. Come la convivenza nuova di cui parla san Paolo nella seconda lettura: «Giudei o Greci, schiavi o liberi; tutti siamo stati dissetati da un solo Spirito». E così anche la gioia che percorre gli Atti degli Apostoli: «I discepoli furono colmi di gioia e di Spirito Santo» (At 13,52).
Unicamente osservando ciò che accade in noi e negli altri, potremo comprendere la natura dello Spirito Santo. E capiremo allora anche l’enigmatica frase che Gesù rivolge ai suoi discepoli prima di andarsene: «È bene per voi che io me ne vada», perché così potrà venire «il Consolatore», lo Spirito (cfr. Gv 16,7).
Infatti, è solo grazie allo Spirito che abita in noi che Gesù potrà rivelare tutta la Sua novità a chi lo segue. Senza la Sua capacità di risvegliare la vita, di riempirla di gioia, la nostra esistenza si affossa e si appiattisce nel grigiore. Chiediamo il dono dello Spirito Santo, per poter gustare la novità di Cristo.
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Pentecote | Julián Carrón
Depuis le début de l’année liturgique, nous avons parcouru un long chemin. Nous sommes passés de l’attente du salut dans l’Avent, à la naissance du Seigneur à Noël, puis, à travers le Carême, jusqu’à sa Passion, sa mort et sa Résurrection. Nous l’avons célébré et accompagné, pas à pas, toute l’année.Et pourtant, malgré tout ce chemin, nous pouvons nous retrouver encore dominés par la peur, dans la réalité de la vie de chaque jour, exactement comme les disciples qui étaient portes closes le jour où le Seigneur apparaît.
Ici surgit spontanément une question : que doit-il arriver pour que tout ce que les disciples ont vu et vécu — et nous avec eux — pénètre jusqu’au plus profond du Moi et fasse naître une créature nouvelle ? Une créature capable d’affronter les défis de la vie : de l’insupportable du quotidien jusqu’aux situations dramatiques qui nous bouleversent. Que doit-il arriver pour que cette nouveauté que Jésus a introduite dans leur vie et dans la nôtre devienne une part de nous-mêmes ?
La réponse à cette question est le cœur même de la fête d’aujourd’hui : la Pentecôte, la fête de l’envoi de l’Esprit Saint, dont la mission est de faire devenir leur ce que les disciples ont vécu dans la vie partagée avec Jésus. Souvent, nous peinons à percevoir la portée de l’action de l’Esprit. Elle semble difficile à saisir : elle n’a pas la concrétude de Noël, avec l’enfant dans la mangeoire, ni la splendeur de Pâques, avec le Christ ressuscité. Par la nature même de l’Esprit, nous ne savons pas « d’où il vient ni où il va » (Jn 3,8). Et pourtant, il est à ce point réel que nous en faisons l’expérience ; nous le reconnaissons aussitôt, chaque fois que nous en voyons les effets chez quelqu’un.
Pour faire naître une créature nouvelle, entièrement déterminée par la nouveauté de la présence du Christ, il faut que cette nouveauté pénètre les entrailles de la personne et rende neuve n’importe quelle circonstance, si lourde soit-elle. Ce ne sont pas les circonstances qui doivent changer, mais la personne qui les vit. Voilà la nouveauté qu’opère l’Esprit.
Nous le remarquons lorsqu’il nous arrive de rencontrer quelqu’un qui, dans la banalité du quotidien, resplendit d’une lumière radieuse qui nous frappe. Comme cette dame âgée qui, voyant un jeune homme si rayonnant et plein de vie, ne put se retenir et lui demanda : « Es-tu amoureux ? » Elle ne savait pas s’expliquer autrement ce qu’elle voyait. Il ne lui venait pas à l’esprit que cet éclat dans les yeux du jeune homme, cette joie qu’il répandait et qui l’étonnait, eût son origine dans la préférence du Christ qui resplendissait en lui.
L’homme ne se laissera jamais persuader par le Christ s’il ne le perçoit pas vibrer au-dedans de lui et s’il ne voit pas que sa vie change concrètement. Si le Christ ne pénètre pas la personne et ne devient pas quelque chose dont on peut faire l’expérience, il ne pourra jamais être reconnu comme réel. Nous savons que le Christ est réel parce que nous le voyons resplendir dans la chair, la nôtre ou celle de quelqu’un. Et « si l’humanité ne vibre pas, il n’y a pas de discours religieux qui tienne. La seule “arme” du christianisme, c’est l’être humain qui vit comme tel, qui se renouvelle et fait s’épanouir son humanité renouvelée dans une réalité sociale nouvelle » (L. Giussani, « Note pour la deuxième édition » dans C. Martindale, Saints, Jaca Book, Milan 2018, p. 28).
On le voit au changement que l’Esprit produit dans la personne. Nous étions partis de la peur des apôtres, enfermés dans une maison par crainte des autorités. Eh bien, un peu plus loin, les Actes des Apôtres racontent un épisode qui laisse pantois même les adversaires. Après la guérison du boiteux qui mendiait à la porte du temple, Pierre et Jean sont conduits devant le Sanhédrin. Ces hommes savants, voyant leur liberté et leur audace, et se rendant compte qu’ils étaient des hommes sans instruction ni culture, en restent stupéfaits. Leur manière de parler — hardie et éloquente — ne pouvait s’expliquer par aucune préparation, car ils étaient illettrés. La seule explication que le livre des Actes parvienne à trouver, c’est que ces hommes « avaient été avec Jésus » (Ac 4,13). La naïve hardiesse de Pierre et de Jean, dans une situation si exigeante, témoigne, au fond, de la même chose que l’homme guéri qui se tient debout à côté d’eux : la puissance de l’Esprit qui s’est emparé d’eux. C’est la vie commune nouvelle dont parle saint Paul dans la deuxième lecture : « Juifs ou Grecs, esclaves ou libres, nous avons tous été abreuvés d’un seul Esprit. » Et c’est la joie qui parcourt les Actes des Apôtres : « Les disciples furent remplis de joie et d’Esprit Saint » (Ac 13,52).
Ce n’est qu’en observant ce qui se passe en nous et chez les autres que nous pourrons comprendre la nature de l’Esprit Saint. Et nous comprendrons alors aussi la phrase énigmatique que Jésus adresse à ses disciples avant de partir : « Il est bon pour vous que je m’en aille », car ce n’est qu’ainsi que pourra venir « le Consolateur », l’Esprit (cf. Jn 16,7).
De fait, ce n’est que grâce à l’Esprit qui habite en nous que Jésus pourra révéler toute sa nouveauté à celui qui le suit. Sans sa capacité à réveiller la vie, à la remplir de joie, notre existence s’effondre et s’aplatit dans la grisaille. Demandons l